¡Me voy a venir mi leche dentro de cada una de ustedes…!dijo el gigante apache a las dos viudas…

¡Me voy a venir mi leche dentro de cada una de ustedes…!dijo el gigante apache a las dos viudas…

La sangre del lobo y las viudas de La Esperanza

En las tierras áridas de Sonora, año de nuestro Señor de 1887, el sol quemaba como si quisiera castigar al mundo entero. El viento traía polvo y olvido.

En el rancho La Esperanza, dos mujeres vestían de negro riguroso desde hacía tres años. Candelaria Morales, de 32, alta, de ojos verdes y boca hecha para mandar. Rosaura Valenzuela, de 28, más baja, más redonda, piel de canela y una risa que ya nadie oía. Sus maridos habían muerto juntos en una emboscada de los rurales que perseguían a los Paches Broncos. Los dejaron colgados de un mezquite para que los whites dieran ejemplo.

Desde entonces, las dos mujeres regentaban solas el rancho, cuidaban el ganado flaco, reparaban cercas y cargaban el rifle con la misma naturalidad que antes cargaban a sus hijos muertos en la fiebre.

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Una tarde de octubre, cuando el cielo parecía sangre diluida, llegó él. Lo vieron desde el corral, un hombre a caballo que parecía tallado en bronce y sombra. Medía más de dos metros montado y cuando desmontó la tierra pareció encogerse. Llevaba el torso desnudo, brazos como troncos de ocote, pelo negro en dos trenzas gruesas hasta la cintura, un cuchillo de obsidiana y una Winchester que parecía de juguete en sus manos. En la cabeza, una sola pluma de águila.

Las gallinas se callaron. Hasta los perros se metieron debajo de la casa.

El gigante se paró frente al porche. Miró a Candelaria primero, luego a Rosaura y habló en español perfecto, pero con ese acento que retumba en el pecho como tambor de guerra.

—Buenas tardes, viudas. Me llamo Narbona del clan de Lobo. Vengo del otro lado de la sierra. Traigo una propuesta que no van a creer, pero que van a aceptar.

Candelaria levantó la escopeta de dos cañones.

—Aquí no necesitamos propuestas de nadie. Indio, da la vuelta y lárgate antes de que te haga dos agujeros nuevos.

Narbona no se inmutó, ni siquiera parpadeó.

—Baja el arma, mujer. No vengo a robar ni a matar. Vengo a darles lo que más desean en este mundo y lo que yo necesito para que mi sangre no se acabe.

Rosaura, la más curiosa, dio un paso adelante.

—¿Y qué es lo que deseamos nosotras, según tú?

El apache las miró de pies a cabeza con una lentitud que hizo que ambas sintieran calor en la nuca.

—Un hijo, cada una de mi semilla. Yo quiero un hijo de ambas.

El silencio fue tan grande que se oyó el latido de tres corazones.

Candelaria soltó una carcajada seca.

—¿Te volviste loco en las sierras, apache? ¿Crees que porque eres grande y bonito vamos a abrirte las piernas como muchachas de los campamentos?

Narbona sonrió por primera vez. Tenía los dientes blancos y afilados.

—No soy bonito, soy necesario. Escuchen antes de negarse.

Y habló. Contó que era el último varón puro de linaje de lobo blanco, una rama antigua de los netapaches casi exterminada por mexicanos y americanos. Su mujer y sus dos hijos pequeños habían muerto dos inviernos atrás en una masacre cerca de Babispe. Juró que su sangre no desaparecería, pero las mujeres de su tribu estaban muertas o dispersas, y las que quedaban ya tenían marido.

—Necesito mujeres fuertes —dijo—. Mujeres que sepan pelear, que sepan criar hijos duros como el pedernal. Ustedes mataron a tres rurales la semana pasada cuando quisieron robarles las vacas. Lo sé porque yo los estaba siguiendo. Vi como Candelaria le voló la cabeza al sargento desde cien varas y como Rosaura le abrió el pecho al cabo con un machete. Son guerreras. Sus hijos serán guerreros y mis hijos llevarán mi sangre y la de ustedes.

Rosaura se sonrojó al recordar la carnicería. Candelaria apretó la escopeta.

—¿Y qué ganamos nosotras además de tu visita?

—Protección. Todo lo que tengo es de ustedes. Mis hombres —señaló hacia el horizonte, donde cinco jinetes más aparecieron como fantasmas— vigilarán este rancho día y noche. Nadie volverá a molestarlas. Ni rurales, ni bandidos, ni los hacendados que quieren esta tierra. Además, les daré oro. Tengo tres mulas cargadas escondidas en la sierra. Suficiente para que compren más ganado, contraten peones, vivan como reinas el resto de sus vidas.

Las dos mujeres se miraron. Había algo en la voz del apache que hacía temblar las rodillas. No era miedo, era otra cosa más antigua.

Esa noche, después de dar de comer a los guerreros apaches en el corral y de cerrar bien las puertas, Candelaria y Rosaura se sentaron frente al fuego con una botella de mezcal que guardaban desde la boda de Rosaura.

—¿Tú crees que está loco? —preguntó Rosaura.

—Loco no. Tiene ojos de hombre que ya no tiene nada que perder. ¿Y tú lo harías?

Candelaria se quedó mirando las llamas.

—Desde que enterramos a los niños siento que algo se me secó dentro, como si ya no fuera mujer. Si este indio grandote puede devolverme eso, no sé. Además, piénsalo, un hijo fuerte con su sangre y la nuestra. Sería imparable.

Rosaura se mordió el labio.

—Yo también lo quiero. Dios me perdone, pero lo quiero desde que lo vi bajar del caballo.

Se quedaron calladas un rato largo. Luego Candelaria habló con voz firme.

—Le pondremos condiciones. No será un semental que entra y sale. Si va a darnos hijos, vivirá aquí. Aprenderá a trabajar la tierra como hombre civilizado. Y si nos hace daño, lo mato yo misma.

A la mañana siguiente, Candelaria salió al corral donde Narbona afilaba su cuchillo.

—Está bien, apache, aceptamos, pero con reglas nuestras.

Y así empezó la cosa más extraña que jamás se vio en aquellas tierras. Narbona se quedó. Los otros apaches montaron campamento en el cerro del águila, vigilando.

El gigante empezó a trabajar como un hombre poseído: arregló el molino, levantó un nuevo corral, mató tres pumas que rondaban el ganado. Las noches eran otra cosa. La primera vez fue con Candelaria. Rosaura se fue a dormir a casa de la comadre Refugio pretextando dolor de cabeza. Cuando volvió al amanecer, Candelaria estaba sentada en la cocina con el pelo suelto y una sonrisa rara.

—¿Y? —preguntó Rosaura con el corazón en la garganta.

Candelaria la miró a los ojos.

—Duele, pero de una manera que te hace sentir viva.

Tres noches después le tocó a Rosaura. Candelaria se quedó leyendo la Biblia en voz alta en la sala para no escuchar. Cuando terminó, Rosaura salió al porche con las piernas temblando y se sentó junto a su cuñada. Ninguna habló, solo se tomaron de la mano.

Los meses pasaron, el rancho floreció como nunca. El oro apache compró cien cabezas de ganado gordo y dos toros de pura raza. Los rurales que antes rondaban desaparecieron. Se decía que los apaches les cortaban las orejas a los que se acercaban demasiado.

Una mañana de mayo, Candelaria vomitó detrás del gallinero. Dos semanas después, Rosaura hizo lo mismo. Las dos estaban preñadas.

Narbona, al saberlo, se arrodilló frente a ellas en el corral y besó la tierra. Luego cargó a Candelaria en un brazo y a Rosaura en el otro como si fueran plumas y dio vueltas hasta que las dos gritaron de risa y de miedo.

Pero la felicidad nunca dura en la frontera. En julio llegó el capitán Espiridón Castro con cincuenta hombres. Era un militar duro, mestizo, de ojos claros, que odiaba a los apaches más que al mismísimo demonio. Alguien le había contado que en el rancho La Esperanza vivían dos viudas manchadas por la semilla bárbara.

—Voy a limpiar esa vergüenza —dijo en la cantina de Bacadechi.

Una noche sin luna, los soldados rodearon el rancho. Los apaches del cerro dieron la alarma con un grito que heló la sangre. Empezó la balacera.

Narbona peleó como un demonio. Con el torso desnudo, el cuchillo en una mano y el rifle en la otra. Mató a doce hombres antes de que una bala le atravesara el hombro. Candelaria, con seis meses de embarazo, disparaba desde la ventana con una precisión que hizo llorar a los soldados. Rosaura, también embarazada, cargaba los rifles y echaba agua hirviendo desde el tejado.

Cuando parecía que todo estaba perdido, llegaron los restantes apaches del cerro como una avalancha. Los soldados huyeron dejando veinte muertos. El capitán Castro, herido en una pierna, fue capturado vivo. Lo llevaron al centro del corral.

Narbona, cubierto de sangre propia y ajena, se paró frente a él.

—Pídeme clemencia y te la doy —dijo el apache.

Castro escupió sangre.

—Prefiero morir antes que pedirle nada a un salvaje.

Narbona asintió. Sacó su cuchillo de obsidiana.

—Entonces morirás.

Pero Candelaria se interpuso.

—No. Basta de sangre. Este hombre viene conmigo.

Todos se quedaron mudos. Candelaria miró al capitán con ojos que brillaban de furia y algo más.

—Tú querías limpiar la vergüenza, ¿verdad? Pues ahora vas a criar a estos niños como si fueran tuyos. Te vas a quedar aquí, capitán. Te vamos a despojar de tu uniforme y vas a trabajar la tierra como cualquier hombre. Si intentas huir, los apaches te encontrarán. Si intentas hacernos daño, yo misma te corto el cuello.

Y así fue. Espiridón Castro, el temido capitán, terminó convertido en peón del rancho. Al principio intentó escaparse dos veces, las dos veces los apaches lo trajeron de vuelta con las orejas cortadas a medias como advertencia. A la tercera se rindió.

Los niños nacieron en diciembre con dos días de diferencia. Primero llegó el varón de Candelaria, lo llamaron Raimundo Narbona Morales. Pesó casi cinco kilos y gritó como si ya viniera enojado con el mundo. Luego nació la niña de Rosaura. La llamaron María de la Luz Valenzuela. Tenía los ojos verdes de Candelaria y el pelo negro como la noche.

Narbona lloró como niño grande cuando los tuvo en brazos a los dos.

El rancho La Esperanza se convirtió en leyenda. Decían que ahí vivían dos mujeres blancas con un apache gigante y un excapitán que trabajaba como mudo, que los niños crecían más rápido que los potrillos y que ya a los tres años disparaban mejor que muchos hombres. Y era verdad.

Veinte años después, en 1907, cuando la revolución empezó a rugir, los hijos de Narbona fueron de los primeros en levantarse en armas en Sonora. Raimundo comandó un regimiento que nunca perdió una batalla. María de la Luz se convirtió en la famosa capitana Luz de Lobo, temida por federales y por traidores.

Narbona murió viejo a los 75 años, sentado en el porche mirando la sierra. Candelaria y Rosaura lo enterraron bajo el mezquite donde antes habían colgado a sus maridos. Pusieron en la tumba una placa sencilla:

Aquí yace Narbona del clan del lobo. Dio su semilla, su sangre y su vida para que dos viudas volvieran a ser madres y para que su pueblo no desapareciera. Fue hombre de una sola palabra.

Candelaria murió dos años después. Rosaura la siguió al otro. Las enterraron a su lado y los hijos y los hijos de los hijos siguieron defendiendo aquellas tierras porque la sangre del lobo y la sangre de las viudas se mezclaron para siempre.

Y en las noches de luna, los vaqueros que pasan cerca del rancho La Esperanza dicen que todavía se oye la risa de tres personas, una alta y seca, otra suave y redonda, y una muy profunda que retumba como tambor de guerra.

Y saben que son ellos, que siguen juntos, que cumplieron su palabra.

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