“La Novia Virgen Le Suplica al Ranchero: ‘Me Duele, Intentemos de Nuevo Esta Noche’ — Pero Cuando Él Pasa Horas Esperando, TODO EL PUEBLO SE BURLA DE SU FRACASO”
El viento en Bitter Creek no sólo soplaba: azotaba. Rugía desde la columna azul de las montañas lejanas, cruzando kilómetros de matorral quebrado hasta golpear el pueblo como una bofetada. Era una fuerza seca, implacable, que arrancaba la pintura de la madera y la esperanza del alma. Aquella tarde de otoño de 1878, el viento parecía decidido a desmantelar el asentamiento entero. Remolinos de polvo giraban por la calle principal, danzando entre los postes y las aceras deformes de madera. Bitter Creek, Wyoming, no era lugar para la comodidad; era estación de necesidad, un puñado de edificios grises aferrados a la llanura como percebes a un casco en mares bravos. El cielo, una cúpula de acero pálido, aplastaba a los habitantes con la certeza de su insignificancia.
Dentro de la pequeña iglesia comunitaria, el aire era denso, impregnado de cera vieja y madera reseca. Clara Vance se encontraba cerca del altar, los dedos retorciéndose en la tela áspera de una falda prestada. El vestido, de lana gris carbón, le quedaba flojo en los hombros y apretado en la cintura, oliendo a alcanfor y sudor ajeno. Tenía 19 años, pero las ojeras y la boca cansada la hacían parecer mayor. Había llegado al oeste en una caravana que le quitó todo lo que tenía y casi todo lo que era. Sus padres estaban enterrados en Ohio, y la tía que debía recibirla en Cheyenne había muerto de cólera dos semanas antes de su llegada. Sola, sin dinero, con un miedo a los hombres que le habitaba hasta los huesos.
La iglesia no estaba vacía. Un puñado de curiosos ocupaba los bancos, más por morbo que por celebración. Mujeres de rostro duro y bonetes susurraban tras las manos. Hombres de piel curtida miraban con ojos cínicos y recelosos. Para ellos, Clara era una extraviada, una chica sin gente ni dote, afortunada de hallar quien la aceptara. Los murmullos crecieron cuando las pesadas puertas de roble se abrieron y el viento aulló, invadiendo el santuario. Silas Thorne entró tarde, cubierto de polvo de la llanura, el abrigo largo teñido del color de la tierra. Era un hombre imponente, alto y de hombros anchos, moviéndose con una gracia rígida, marcada por viejas heridas y años de trabajo. Se quitó el sombrero, mostrando cabello oscuro con canas prematuras en las sienes. Su cara era un mapa del oeste: quemada por el sol, surcada de arrugas y una cicatriz pálida que bajaba de la mejilla al mentón, recuerdo de una guerra que nunca mencionaba. No parecía un novio, sino alguien que concluía un trato antes del ocaso.

Se detuvo junto a Clara, dominándola con su altura y el olor a caballos, tabaco, cuero y viento metálico. Ella no levantó la mirada, sintiendo el calor de él como un peso físico que le cortaba la respiración. El reverendo Ezekiel Prin, hombre enjuto de ojos pétreos, tosió detrás del púlpito. No aprobaba esos matrimonios de conveniencia, nacidos de desesperación. Prefería los cortejos limpios, no este trueque de supervivencia por soledad. “Estamos aquí,” dijo el reverendo, seco como papel viejo, “para unir a este hombre y esta mujer en santo matrimonio.” No hubo himnos ni lecturas de amor. Era un trámite legal, rápido y sin poesía. Silas, rígido, sostenía el sombrero con manos grandes y callosas. Cuando tocó pronunciar sus votos, la voz salió ronca, poco usada: “Sí, acepto.” El reverendo miró a Clara. “¿Aceptas a este hombre como esposo?” Sintió las miradas del pueblo en la espalda, la realidad aplastante: si salía sola, moriría de hambre. No había romance, sólo la aritmética brutal del oeste. Miró los zapatos del reverendo, temblando como animal acorralado. “Sí,” susurró, tan bajo que casi se perdió en la inmensidad. El anillo que Silas deslizó en su dedo era grueso, cálido, pesado: una cadena disfrazada de joya. “Los declaro marido y mujer,” cerró el reverendo, golpeando la Biblia. No hubo beso. Silas sólo asintió y miró a Clara por primera vez. Sus ojos, oscuros y sombríos bajo el ala del sombrero, no sonrieron. La observó con intensidad extraña, como quien intenta resolver un misterio inesperado.
El carro esperaba afuera, feo y robusto, hecho para cargar grano, no novias. El viento azotó la falda de Clara mientras subía, cegándola con polvo. Silas le ofreció la mano, áspera como piedra, y ella se estremeció. Él aflojó el agarre, ayudándola con cortesía distante. Salieron del pueblo sin ceremonia. Los edificios de Bitter Creek se desvanecieron, reemplazados por la inmensidad del campo abierto. El camino al rancho Thorne era apenas dos surcos en la tierra dura, serpenteando entre cañadas y praderas amarillas que temblaban bajo el viento. El silencio entre ellos era más fuerte que el traqueteo de la carreta. Silas, concentrado en los caballos, las riendas en manos expertas. Clara, las manos apretadas en el regazo, miraba el horizonte. El paisaje la aterraba por su belleza. En Ohio había árboles, cercas, vecinos. Aquí sólo distancia. Un lobo gris los miró desde una colina antes de desaparecer.
“Falta un buen trecho,” dijo Silas de pronto, sobresaltándola. “Unas dos horas.” Clara asintió, sin confiar en su voz. Él no intentó conversar más. Parecía cómodo en el silencio, o igual de perdido que ella. Tenía 42 años, viudo, con una esposa y un hijo nacido muerto enterrados hace una década. Desde entonces vivía solo, endureciendo el corazón como la tierra que trabajaba. Necesitaba esposa porque el rancho la necesitaba, porque no se puede manejar tres mil cabezas de ganado y una casa solo, y porque quería un heredero. Era decisión práctica. Pero al mirar a la muchacha temblorosa a su lado, dudó. Parecía frágil, y Wyoming acababa rompiendo todo.
La noche había caído cuando llegaron al rancho. La casa, de troncos grises y chimenea de piedra, se alzaba en un valle protegido por álamos retorcidos por el viento. Un granero inclinado y un corral con caballos dormidos completaban el cuadro. El molino giraba lento, quejándose con cada vuelta. Todo hablaba de años de trabajo solitario. “Entra,” dijo Silas. “La puerta está abierta. Tengo que atender los caballos.” Clara bajó, las piernas rígidas. La casa estaba cálida, con una lámpara de queroseno encendida. El cuarto principal era limpio pero austero: mesa tosca, dos sillas, una mecedora junto al hogar y la estufa de hierro. Sin cortinas, sólo contraventanas. Olía a humo, café y polvo de soltería. Clara se quedó en medio, aún con el bonete puesto, sintiéndose intrusa. Esto era su vida; ella, sólo un mueble nuevo.
Silas entró veinte minutos después, trayendo el frío. Colgó el sombrero y se lavó las manos. “Debes tener hambre,” dijo, secándose. “Puedo cocinar,” se apresuró Clara, la voz débil. “Sé cocinar.” “Siéntate,” ordenó Silas, no sin amabilidad. “Has tenido un día largo. Hay estofado en la estufa.” La primera cena fue una tortura de incomodidad. Sentados frente a frente, el estofado de carne y papas sabía a ceniza. Cada golpe de cuchara contra el plato sonaba como disparo. Silas comía con la eficiencia de quien está acostumbrado a la soledad, la mirada fija en el plato. De vez en cuando, Clara sentía su mirada evaluándola. “El viento está fuerte,” dijo él al fin. “Sí,” respondió Clara. “Muy ruidoso.” “En invierno es peor. Te acostumbras.” “Supongo que sí.” La conversación murió, ahogada por el peso de lo que venía. La noche de bodas, la obligación, el precio de la seguridad femenina.
Al terminar, Silas recogió los platos. Tomó la lámpara y la miró. “El dormitorio es por aquí.” Clara se levantó, las piernas débiles. Lo siguió al cuarto pequeño. La cama de hierro dominaba el espacio, cubierta por una colcha gruesa. Silas puso la lámpara en una caja junto a la cama. La luz dorada proyectó sombras largas en la pared. “Me daré la vuelta para que te prepares,” dijo en voz baja. Se giró, los hombros encorvados. Clara luchó con los botones, el corazón golpeando como pájaro atrapado. Se desvistió hasta la camisola, el aire frío en la piel. Se metió en la cama, rígida, los ojos cerrados. “Estoy lista,” susurró. Silas se quitó el abrigo y las botas, pero seguía vestido. Apagó la lámpara, dejando la habitación en penumbra. La luz de luna entraba por las rendijas, pintando rayas de plata. El colchón se hundió bajo su peso. Clara contuvo la respiración, sintiendo el calor y la masa de él. Se acostó a su lado, sin moverse.

Por largo rato, no hizo nada. Luego, su mano grande y pesada rozó su hombro, intentando una caricia. Quería ser esposo, cumplir el deber. Pero al tocarla, el recuerdo la invadió: el olor a whisky rancio, el rincón del vagón, manos bruscas, una voz depravada. El trauma del viaje al oeste, el hombre que la acorraló. El terror absoluto. Todo volvió en una ola de pánico. Clara se encogió, las rodillas al pecho, los músculos tensos como escudo. Silas se acercó, la mano en la cintura, el toque firme. “Clara,” dijo, la voz áspera. “No hay por qué temer.” Pero el miedo era una bestia viva. Al inclinarse sobre ella, tapando la luz, el pánico la desgarró, dolor físico en el pecho y vientre. No era timidez, era parálisis. Se apartó, pegándose a la pared, la colcha apretada. “Me duele,” jadeó, las palabras brotando como heridas. Silas se quedó inmóvil, su silueta oscura e imponente. No había hecho nada, apenas la había tocado, pero ella temblaba tanto que la cama vibraba. “Lo siento,” sollozó, las lágrimas calientes y humillantes. “Me duele. Lo siento. Tal vez esta noche o otra. No puedo, por favor.” Su voz se rompió, suplicando.
Silas permaneció allí, un latido eterno. Sentía el terror de ella como calor. Era un hombre con necesidades, que había esperado años por el calor de una mujer, que pagó la licencia y el anillo. Tenía derecho, el mundo decía que tenía derecho. Pero el llanto roto de Clara le atravesó el deseo como cuchillo. Una ola de vergüenza lo aplastó. Se sintió viejo, monstruoso. Se apartó. El colchón gimió al moverse, se sentó en el borde, la cabeza entre las manos. Miró la oscuridad. El rechazo ardía en su pecho, pesado. ¿Era tan repulsivo? ¿Tan endurecido que una mujer no soportaba su contacto? ¿O estaba ella rota de una forma que no podía ver? Escuchó los sollozos ahogados de Clara en la almohada. Podía forzarla, la ley lo amparaba, el pueblo lo esperaba. Pero Silas Thorne era duro, no cruel. Se levantó, el suelo crujió. Clara se encogió, esperando rabia, un golpe. “Duerme,” dijo él, la voz plana. No salió, no fue al granero. Se acostó sobre la colcha, completamente vestido, de espaldas a ella, en el borde del colchón, dejando un abismo frío entre ambos. Miró la luz de luna en la pared. Escuchó el viento azotar la casa. Pensó en el ganado, la cerca caída, el hijo que soñó enseñar a montar. Ese sueño parecía lejano esa noche.
Clara lloró hasta quedarse dormida, aún hecha un nudo de defensa. Silas permaneció despierto horas, escuchando su respiración, sintiendo la soledad de la llanura instalarse entre ellos, más pesada que nunca. Al amanecer, el sol brilló frío, mostrando la realidad. Silas ya había salido. Clara encontró café caliente y una nota: “Vuelvo al mediodía.” Se movió en trance, lavó la cara, la cama intacta, las sábanas limpias. El matrimonio era una mentira. Afuera, el rancho despertaba. Jeb, el peón flaco y desdentado, pasó por la ventana. Buscaba una herramienta. Miró el dormitorio, vio la cama donde Silas claramente no había dormido, la falta de desorden que delataba la ausencia de pasión. Mascó tabaco y escupió. Había visto a Silas salir antes del alba, serio y silencioso. Jeb sonrió. Era historia, y en Bitter Creek la historia era moneda. Al llegar al pueblo para comprar, la noticia ardía en su bolsillo. Se la contó al herrero, el herrero al tendero, la esposa del tendero a Mrs. Gable. Al mediodía, el rumor recorría el pueblo. Ella no lo dejó tocarla. Él durmió vestido. Quizá está arruinada. Quizá está enferma. Las mujeres de la iglesia, reunidas en el círculo de costura, asentían con satisfacción. Lo sabían. Una chica de la nada.