¡Me voy a venir mi leche dentro de cada una de ustedes…! dijo el gigante apache a las dos viudas

¡Me voy a venir mi leche dentro de cada una de ustedes…! dijo el gigante apache a las dos viudas

La Gigante del Oeste

En las áridas tierras del viejo oeste, donde el sol quema como un hierro al rojo y el viento arrastra secretos del desierto, cabalgaba un vaquero solitario llamado Jack “el Lobo” Harlen. Jack era un hombre de pocas palabras, con una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, recuerdo de una emboscada apache años atrás. Su sombrero raído y su Colt .45 eran sus únicos compañeros fieles en un mundo lleno de bandidos, indios hostiles y pueblos fantasma.

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Había recorrido las fronteras de Texas hasta Nuevo México, buscando redención por un pasado que lo perseguía como un coyote hambriento. Era el verano de 1875 y Jack se dirigía a un pueblito polvoriento llamado Río Seco, en la frontera con México. El lugar era nido de contrabandistas y mineros fallidos, donde la ley era tan escasa como el agua. Su caballo, un mustang negro llamado Sombra, trotaba con cansancio bajo el calor implacable.

Jack llevaba días sin ver alma viva, solo cactus y serpientes de cascabel. Pero ese día, al acercarse al pueblo, vio algo que lo hizo detenerse en seco. Junto a una carreta abandonada al borde del camino, estaba una figura imponente: una joven mujer sentada en el suelo arenoso, con una barriga hinchada por el embarazo avanzado.

Medía al menos 1,80, alta como un hombre robusto, con hombros anchos y brazos musculosos que hablaban de una vida de trabajo duro. Su piel morena brillaba bajo el sol y su cabello negro caía en mechones sucios sobre un rostro anguloso pero hermoso. Llevaba un vestido raído de algodón, manchado de polvo y sangre seca. En sus brazos acunaba algo envuelto en una manta vieja: un bebé diminuto que lloriqueaba débilmente.

La joven levantó la vista al oír los cascos de Sombra. Sus ojos, oscuros como la noche, estaban llenos de miedo y agotamiento.

—Por favor, ayúdenos —susurró con voz ronca, apenas audible sobre el viento.

Jack desmontó de un salto, su mano instintivamente cerca de la pistola. Miró alrededor buscando trampas. ¿Era una emboscada? Pero no vio nada más que desierto vacío.

—¿Quién eres, muchacha? —preguntó Jack, acercándose con cautela.

Ella lo miró fijamente y él notó lo joven que era. No podía tener más de catorce años, aunque su tamaño la hacía parecer mayor.

—Me llamo María. María la gigante, me dicen en el pueblo. Mi marido lo mataron. Los bandidos. Por favor, el bebé necesita leche y yo… yo voy a tener otro.

Jack frunció el ceño. Una viuda de catorce años embarazada con un bebé en brazos. ¿Cómo demonios había llegado a esto? El bebé en sus brazos no podía tener más de unas semanas. Gemelos, no; el que llevaba dentro aún no nacía.

Se agachó a su lado, como en la imagen que había visto en su mente, y tocó la frente del bebé. Estaba caliente, febril.

—Tranquila, chamaca. Vamos a ayudarte. ¿Dónde está tu gente?

María sacudió la cabeza, lágrimas rodando por sus mejillas.

—No tengo gente. Mi familia era de México. Cruzamos la frontera hace años. Mi pa me vendió a un ranchero viejo cuando tenía doce. Él me dejó esto —tocó su barriga—, pero los bandidos del Rojo lo mataron anoche. Me robaron todo menos al bebé. Uy, pero no puedo más.

Jack sintió un nudo en el estómago. El Rojo era una leyenda en estas partes, un bandido mexicano que aterrorizaba la frontera robando caravanas y dejando cadáveres a su paso. Si María había escapado de él, era un milagro que estuviera viva.

—Sube a la carreta, te llevo al pueblo. Hay un doc allí o al menos un curandero.

Pero María negó con la cabeza.

—No, señor. El Rojo controla Río Seco. Si me ven, me matarán. Y a usted también.

Jack maldijo por lo bajo. ¿En qué se había metido? Pero no podía dejarla allí. Era una niña, por Dios. Gigante o no, era solo una niña.

Con cuidado la ayudó a subir al caballo. Ella acunó al bebé, al que llamó Pedro en honor a su difunto marido. Jack caminó a su lado, guiando a Sombra. Mientras avanzaban, María comenzó a contar su historia, su voz ganando fuerza con cada palabra.

Nacida en un pueblito de Sonora, México, María siempre había sido diferente. Alta desde niña, la llamaban la gigante con burla, pero también con respeto, porque podía cargar sacos de maíz como cualquier hombre. Su padre, un borracho empedernido, la vio como una carga hasta que un ranchero estadounidense, Pedro Harlen —el mismo apellido que Jack—, la compró por unas monedas y un caballo. Pedro era cruel, la golpeaba cuando no trabajaba lo suficiente, pero la dejó embarazada dos veces. El primero nació hace un mes en medio del desierto. El segundo estaba por venir.

Jack escuchaba en silencio, su mente girando. Harlen sería familia. Su propio padre había sido un ranchero en Texas, pero desapareció cuando Jack era niño. ¿Coincidencia? Tal vez. Pero algo en los ojos de María le recordaba a su madre, muerta hace años.

Llegaron a las afueras de Río Seco al atardecer. El pueblo era un caos de salones, burdeles y chozas de adobe. Jack escondió a María en un establo abandonado, le dio agua de su cantimplora y prometió volver con comida y un doctor.

—Quédate aquí, no salgas. El Rojo no te encontrará.

Pero mientras Jack entraba al salón principal, El Coyote Sediento, sintió ojos sobre él. El lugar estaba lleno de vaqueros borrachos, prostitutas y un pianista tocando una melodía triste. En la barra, un hombre con bigote espeso y ojos rojos como el fuego lo miró fijamente. Era él, el Rojo, cuyo verdadero nombre era Ramón Vargas.

—¿Qué buscas, gringo? —gruñó Ramón, su mano en el cuchillo.

Jack pidió un whisky.

—Solo paso por aquí. ¿Hay un doc en el pueblo?

Ramón rió mostrando dientes de oro.

—El doc está muerto. Lo maté yo mismo por chismoso. ¿Por qué lo necesitas, herido?

Jack mintió.

—Mi caballo se lastimó.

Pero Ramón no se tragó el cuento. Sus hombres, un grupo de bandidos armados hasta los dientes, lo rodearon.

—He oído de una gigante huyendo con un bebé. ¿La has visto? Eh, es mía. Su marido me debía plata.

Jack sintió la adrenalina.

—No sé de qué hablas.

Pero antes de que pudiera sacar su pistola, un disparo resonó fuera. El establo. Corrió hacia allá, dejando a Ramón gritando órdenes.

En el establo, María estaba acorralada por dos bandidos. Uno la tenía agarrada del brazo, el otro apuntaba al bebé.

—¡Suéltenla, pinches cabrones! —gritó Jack disparando.

Mató a uno de un tiro en la cabeza. El otro huyó herido. María temblaba, pero su tamaño la había ayudado a resistir.

—Gracias, pero vienen más.

Jack la sacó de allí, montándola en Sombra. Cabalgaron hacia el desierto, perseguidos por Ramón y su banda. La noche cayó como un manto negro lleno de estrellas. Se escondieron en una cueva en las colinas, donde Jack hizo una fogata pequeña. María alimentó al bebé con lo poco que tenía y Jack compartió sus provisiones, frijoles y tortillas secas.

Mientras comían, María habló más.

—Pedro, mi marido, no era malo al principio. Cruzamos la frontera buscando oro, pero se metió con Ramón por una deuda de juego. Me usaba como carnada, diciendo que mi fuerza valía oro. Pero cuando nació el bebé quise huir. Ramón lo mató frente a mis ojos.

Jack asintió.

—Yo perdí a mi familia por bandidos como él. Mi pa desapareció. Mi ma murió de pena. Juré venganza.

De pronto, una idea lo golpeó.

—Pedro Harlen era alto, con una cicatriz en la mano.

María lo miró sorprendida.

—Sí. ¿Cómo sabes?

Jack sacó un medallón de su bolsillo. Era de su padre.

—Era mi hermano mayor. Se fue al sur hace años. No sabía que tenía esposa.

María abrió los ojos como platos.

—Entonces, el bebé es tu sobrino y el que viene también.

Jack sintió un torrente de emociones. Familia. Después de tantos años, solo tenía familia, pero no había tiempo para sentimentalismos.

Al amanecer oyeron cascos. Ramón los había encontrado.

—¡Salgan, cobardes, la gigante es mía! —gritaba.

Jack preparó una emboscada. Usando el terreno rocoso, colocó trampas con rocas y su rifle Winchester. María, a pesar de su embarazo, ayudó cargando piedras pesadas.

—Soy fuerte, tío Jack —dijo con una sonrisa débil.

El bebé lloraba, pero lo calmaron. La batalla fue feroz. Ramón y diez hombres atacaron. Jack disparó desde arriba, derribando a tres. María, escondida, lanzó una roca que aplastó a otro.

—¡Órale, gigante! —gritó Ramón disparando hacia ella.

Una bala rozó el brazo de Jack, pero él respondió con un tiro que hirió al bandido en la pierna. Ramón se acercó cojeando, cuchillo en mano.

—Te mataré, gringo, y me llevaré a la chamaca y sus crías.

Jack luchó cuerpo a cuerpo, puños y cuchillos volando. María intervino golpeando a Ramón con un palo, su fuerza gigante derribándolo. Al final, Jack lo remató de un disparo. Los bandidos restantes huyeron.

Pero en la pelea, María sintió un dolor agudo.

—El bebé viene ahora —gimió en la cueva.

Bajo la luz del sol naciente, Jack ayudó en el parto. No era doctor, pero había visto nacer terneros en ranchos. María gritó, sudó, pero su fuerza la salvó. Nació una niña sana y fuerte, a la que llamaron Esperanza.

Con Ramón muerto volvieron a Río Seco como héroes. Los pueblos liberados de su tiranía les dieron refugio. Jack, ahora con una familia, compró un rancho pequeño. María creció, su gigantismo convirtiéndola en leyenda: la Gigante del Oeste, protectora de los débiles.

Años después, Pedro y Esperanza jugaban en el rancho, mientras Jack y María, ahora como hermanos, miraban el horizonte.

—Gracias por ayudarnos —dijo ella.

Jack sonrió.

—Somos familia, chamaca. Siempre.

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