“¿Es tu mente siempre en lo que hay bajo mi falda?” La viuda al joven vaquero

“¿Es tu mente siempre en lo que hay bajo mi falda?” La viuda al joven vaquero

La Viuda del Desierto

En el polvoriento pueblo de San Ánimas, al sur de la frontera, donde el sol quemaba la tierra como un hierro al rojo y los coyotes aullaban promesas de muerte, el joven vaquero Juanito cabalgaba bajo el atardecer sangriento. Sus espuelas tintineaban como advertencias y su sombrero raído ocultaba ojos que habían visto más balas que besos. Tenía 22 años, pero el desierto lo había envejecido como a un cuero curtido. Venía de un rancho quemado por bandidos, buscando venganza o quizás solo un trago de mezcal para olvidar.

Pero esa noche el destino le tendió una trampa envuelta en encajes negros. La viuda, doña Rosalía, era conocida en todo el valle como la araña negra. Su marido, un rico hacendado, había muerto en circunstancias misteriosas, un tiro en la espalda durante una tormenta y nadie se atrevió a preguntar.

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Ella regía la cantina El Escorpión, un antro de humo y secretos donde los hombres perdían más que su plata. Rosalía era una mujer de curvas peligrosas, con labios rojos como sangre fresca y ojos que prometían paraíso o infierno. Vestía de luto eterno, pero su falda se mecía con un vaivén que hacía olvidar a los santos.

Juanito entró a la cantina pisando fuerte el polvo de su camino. El lugar olía a tabaco rancio y a promesas rotas. Los parroquianos, un puñado de borrachos y pistoleros, lo miraron de reojo. Él se acercó a la barra, pidió un tequila y clavó la vista en la viuda que servía tragos con una sonrisa que cortaba como navaja.

—¿Es tu mente siempre en lo que hay bajo mi falda? —le espetó Rosalía, su voz un susurro ronco que congeló el aire.

Juanito se atragantó con el trago, sus mejillas enrojeciendo bajo la barba incipiente. Los hombres rieron, pero ella no. Sus ojos lo taladraban como si supiera que él había estado fantaseando con sus formas desde que cruzó la puerta.

—¿O vienes por algo más letal, vaquerito?

Juanito tragó saliva, su mano rozando instintivamente el revólver en su cadera. No era la primera vez que una mujer lo provocaba, pero esta tenía algo salvaje, como una pantera lista para saltar.

—Señora, solo busco un lugar para descansar —mintió, pero su mirada traicionera descendía por el escote de su blusa.

Rosalía se inclinó sobre la barra, su aliento cálido contra su oreja.

—Mentiroso, todos los hombres como tú vienen por lo mismo: un pedazo de mí o un pedazo de mi fortuna. Pero cuidado, mijo, lo que hay bajo esta falda podría matarte.

El joven vaquero sintió un escalofrío. ¿Era una amenaza o una invitación? La cantina se llenó de silencio tenso, como antes de un duelo. Afuera, el viento aullaba trayendo ecos de disparos lejanos. Juanito no sabía que esa frase sería el gancho que lo arrastraría a un abismo de traiciones y sangre.

Al día siguiente, el sol azotaba San Ánimas como un látigo divino. Juanito despertó en un catre prestado con el sabor amargo del tequila y el eco de las palabras de Rosalía en la cabeza. Se caló el sombrero y salió a las calles empedradas, donde burros cargados de maíz pasaban junto a carretas oxidadas.

El pueblo era un nido de víboras. El sheriff era un corrupto que cobraba protección a los bandidos y los peones susurraban sobre fantasmas en la hacienda de la viuda. Decidió investigar por qué una mujer como ella, viuda rica, se rebajaba a servir en una cantina. Cabalgó hasta las afueras, donde la hacienda de la viuda se erguía como un esqueleto blanqueado. Los campos estaban secos, pero rumores decían que bajo tierra había oro, o quizás algo peor: un tesoro robado de un banco en Texas, escondido por su difunto marido.

Mientras ataba su caballo, una sombra se movió entre los cactus. Un disparo rozó su oreja y Juanito rodó al suelo sacando su Colt con rapidez felina.

—¿Quién carajos eres? —gritó, pero solo el eco respondió. Corrió tras la figura, pero desapareció en el desierto. Su corazón latía como tambor de guerra. Era un bandido o un amante celoso de la viuda. El suspense lo devoraba.

De regreso en la cantina esa noche, Rosalía lo esperaba con una sonrisa torcida.

—Veo que has estado curioseando, vaquerito. ¿Encontraste lo que buscabas?

Juanito se sentó, la mano temblando ligeramente.

—Solo polvo y balas perdidas, señora. Pero dime, ¿por qué un hombre como tu marido muere de un tiro por la espalda? ¿Fue un accidente o un arreglo?

Ella rió, un sonido que helaba la sangre.

—Mi marido era un cerdo. Me golpeaba, me usaba como trofeo. La noche que murió, una tormenta rugía y yo… digamos que el trueno ocultó el disparo.

Juanito se inclinó, sus ojos fijos en los de ella.

—Lo mataste tú.

Rosalía se acercó tanto que sus labios casi se rozaron.

—¿Y si lo hice? ¿Qué? ¿Me entregarías al sheriff o me tomarías aquí mismo sobre esta barra?

La tensión era palpable, como un cable a punto de romperse, pero entonces un estruendo: la puerta se abrió de golpe y entró el Lobo, el bandido más temido del valle, con su banda de forajidos.

—Rosalía, perra traidora, ¿dónde está mi parte del oro?

El Lobo era un gigante con cicatrices que contaban historias de acuchilladas y ahorcamientos fallidos. Juanito se puso de pie, pero Rosalía lo detuvo con una mano en el pecho.

—Tranquilo, vaquerito. Esto es entre él y yo.

El suspense crecía. ¿Era Rosalía aliada de bandidos? El Lobo sacó su machete brillando bajo la luz de las lámparas de kerosene.

—Tu marido me debía y ahora tú pagas. O dame el mapa o te corto esa linda falda y lo que hay debajo.

La viuda no se inmutó. En cambio, sacó una escopeta recortada de debajo de la barra y apuntó directo al pecho del Lobo.

—Inténtalo, cabrón. Verás lo que hay bajo mi falda: plomo caliente.

Disparó al techo haciendo llover yeso. Los forajidos sacaron armas y el caos estalló. Juanito se lanzó al suelo rodando mientras balas silbaban. Mató a dos bandidos con tiros precisos, su revólver humeando. Rosalía, ágil como una serpiente, saltó la barra y pateó a un bandido en la entrepierna, robándole su pistola.

En medio del tiroteo, el Lobo agarró a Juanito por el cuello.

—¿Este chamaco es tuyo, viuda? ¿Lo usas para guardar tus secretos?

Rosalía apuntó.

—Suéltalo o te vuelo la cabeza.

El suspense era asfixiante. Dispararía. El Lobo escupió.

—Admítelo, Rosalía. Mataste a tu marido por el oro y ahora lo quieres todo para ti y este noviejo.

Juanito forcejeó, pero el Lobo lo apretaba. De repente, una revelación: vio en el cinturón del bandido un medallón idéntico al que llevaba Rosalía.

—Son amantes.

—Éramos socios —escupió el Lobo—. Ella me prometió el oro si lo mataba por ella, pero me traicionó.

Rosalía palideció, pero no negó.

—Era un monstruo, Juanito. El Lobo lo mató, sí, pero por mi orden. Ahora él quiere todo.

El joven vaquero, con el cuello apretado, jadeó.

—Y yo solo soy un peón en tu juego.

La viuda disparó rozando el hombro del Lobo. El bandido huyó soltando a Juanito. El caos se intensificó, mesas volcando, vidrios rompiéndose. Juanito agarró una botella rota y la clavó en la pierna de un forajido. Rosalía, con falda rasgada, peleaba como una fiera, su blusa abierta revelando piel tatuada con símbolos antiguos, quizás de brujería.

Huyeron al desierto montando a caballo bajo la luna llena.

—¡Nos persiguen! —gritó Juanito.

Rosalía galopaba a su lado, el viento azotando su cabello negro.

—El oro está enterrado en la hacienda, vaquerito. Ayúdame a encontrarlo y seremos ricos… o muertos.

Llegaron a la hacienda, desmontando en silencio. El suspense latía: los bandidos llegarían primero. Cavaron bajo un viejo roble, el suelo duro como piedra. Juanito sudaba, su mente en torbellino.

—¿Por qué yo, Rosalía? ¿Por qué esa frase en la cantina?

Ella se detuvo mirándolo con ojos febriles.

—Porque vi en ti al hombre que podría salvarme… o destruirme. Mi marido me violaba, me humillaba. Lo maté indirectamente, sí, pero bajo mi falda no hay solo deseo, hay venganza.

De repente, un ruido: cascos aproximándose. Se escondieron en el granero, corazones acelerados. El Lobo entró olfateando como un perro.

—Sal, viuda. Sé que estás aquí con tu amante.

Juanito susurró:

—¿Amante, eso soy?

Rosalía lo besó ferozmente.

—Si sobrevivimos… sí.

El clímax estalló. El Lobo abrió fuego, balas perforando madera. Juanito respondió hiriendo al bandido en el brazo. Rosalía sacó un cuchillo oculto en su bota bajo la falda y lo lanzó, clavándolo en el pecho del Lobo. El gigante cayó, gorgoteando sangre. Pero no estaba solo. Más bandidos irrumpieron.

Juanito y Rosalía pelearon espalda con espalda. Él con revólver, ella con escopeta. Balas zumbando, cuerpos cayendo. Un tiro rozó a Rosalía, sangrando su falda.

—¡No! —gritó Juanito, matando al último.

La viuda yacía herida, pero viva. Cavaron el oro: un cofre lleno de monedas relucientes y documentos incriminatorios.

—Tómalo todo, vaquerito. Yo no lo necesito.

Pero Juanito la levantó.

—Lo compartiremos. Y tu secreto muere conmigo.

Cabalgaban al amanecer, dejando San Ánimas atrás. El desierto susurraba promesas.

—¿Es tu mente siempre en lo que hay bajo mi falda? —repitió Rosalía, con una sonrisa de sombra y deseo.

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