Se llevaron a la mujer apache equivocada. Al amanecer, un legendario pistolero ya estaba en la cerca
El Romance Forjado en el Desierto: La Historia de Marelli y Frank
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Cuando los secuestradores pensaron que su botín estaba asegurado, cometieron un grave error. Eligieron a la mujer equivocada. Marelli, feroz y astuta, no planeaba quedarse atrapada. Antes de que el sol iluminara el horizonte, Frank, un legendario pistolero conocido por su puntería mortal y su temperamento implacable, ya estaba al filo del cercado, decidido a enfrentarse a cualquier peligro para salvarla y cobrar justicia. Habían robado a la mujer apache equivocada.
Al amanecer, un legendario vaquero estaba junto a la cerca. Algunos errores solo se cometen una vez. Los hombres que habían tomado a Marelli en el cañón creyeron verla sola y sin protección, equivocándose por completo. Notaron los abalorios de su vestimenta, las armas tradicionales a su lado y asumieron que era solo otro botín para vender en el territorio. Lo que no vieron fue al rastreador que la acompañaba, aquel cuyo nombre se susurraba con respeto y miedo. Aquel que llamaban el ajusticiador se acercaba sin prisa, paciente, como si el sol ya hubiera medido su tiempo.
Marelli tenía las manos atadas a la espalda con cuerdas ásperas que cortaban sus muñecas. La madera de la cerca presionaba sus omóplatos mientras Frank la rodeaba. El sol ascendía, calentando el aire del desierto, transformándolo en un manto denso y quieto. Dos de sus hombres, Wade y Porter, permanecían cerca de la casa del rancho, rifles apoyados descuidadamente sobre sus hombros. Celebraban lo que Frank llamaba su mejor captura en meses. Marelli no habló desde que la arrojaron al caballo. No cuando Wade la abofeteó por escupirle, ni cuando Porter insinuó que deberían probar la mercancía antes de venderla. Tampoco cuando Frank les advirtió que los productos dañados daban precios dañados. Solo los observaba en silencio.
Crouchándose frente a ella, Frank mostró una sonrisa con los dientes manchados de tabaco, alcanzando una de sus trenzas. Marelli giró la cabeza y su movimiento provocó que él riera. Le gustaban las mujeres que ofrecían resistencia; hacía que quebrarlas resultara más satisfactorio. “¿Tienes nombre?”, preguntó Frank, sabiendo que no respondería. Nunca lo tenían al principio. Pensaba mientras ella miraba más allá de la cerca, explorando el desierto vacío. La tierra se extendía sin fin, interrumpida solo por arbustos dispersos y el calor que distorsionaba el horizonte. No había jinetes ni nubes de polvo, solo silencio y distancia.
Frank siguió la mirada de Marelli y rió por lo bajo. “Nadie viene a salvarte, querida. Nos aseguramos de eso. Quien viajaba contigo probablemente está a millas de distancia, aún tratando de encontrar la dirección que tomamos. Nos moveremos mañana temprano”, dijo Frank. “Un comprador nos espera cerca del puesto de comercio a tres días al oeste. Hasta entonces, siéntate y mantén esa boca bonita cerrada.” Se giró hacia la casa, llamando por encima del hombro a Wade para que trajera agua. Porter permaneció donde estaba, enrollando un cigarrillo mientras miraba a Marelli con ojos que le erizaban la piel. Ella examinó las cuerdas buscando algún fallo en los nudos, pero no halló ninguno. Quien había hecho eso conocía bien su oficio.
El sol golpeaba los postes de la cerca, haciendo que la madera ardiera casi al tacto. En la distancia, un halcón gritó, cortando la quietud como advertencia. Frank se detuvo a mitad de camino hacia el porche, su mano rozando la pistola al cinto, alerta. Wade quedó inmóvil entre el pozo y la cerca, el balde olvidado. Todos escucharon al mismo tiempo el sonido de un solo caballo caminando lentamente por el desierto. Marelli cerró los ojos un instante y al abrirlos, algo cambió en su expresión. Una fría determinación. No era alivio, sino algo más severo, casi con pasión.
Frank apretó la empuñadura de su pistola mientras escudriñaba el horizonte. Los cascos se acercaban, medidos, pacientes, como el tic tac de un reloj que anuncia lo inevitable. “¿Quién diablos es ese?”, murmuró Porter, voz quebrada. El jinete emergió de la distorsión del calor, como un fantasma que tomaba forma sólida. Montaba erguido, sombrero oscuro inclinado, moviéndose con tal seguridad que Wade retrocedió sin darse cuenta. El extraño se detuvo exactamente a 20 pasos de la cerca, cerca para verse, lejos para tener opciones. Durante un largo instante, nadie se movió. Luego, en un movimiento fluido, desmontó y permaneció junto a su caballo, la mano descansando cerca de la pistola, sin necesidad de desenfundar. Su sola presencia alteraba la presión del aire en el patio.

Frank recuperó la voz áspera. “Esto es propiedad privada, amigo. Más vale que te vayas.” El hombre junto a la cerca no respondió. Sus ojos recorrían a Frank, Wade y Porter, catalogando amenazas con la precisión de quien lo había hecho muchas veces. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca, y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado.
La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma. Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank, tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.”
El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.” Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
Porter, tal vez con coraje o pura imprudencia, replicó. “Tres contra uno. Deberías pensarlo muy bien.” Por primera vez, algo similar a la diversión tocó el rostro del extraño. No era una sonrisa, sino algo más frío. “Tres”, pronunció la palabra con cuidado, como si evaluara su significado. “He enfrentado cosas peores.” Wade aún sostenía el balde olvidado, sus ojos saltando entre Frank y el extraño. El rifle sobre su hombro parecía más pesado que antes. Marelli observaba sin pronunciar palabra. Las cuerdas habían lastimado sus muñecas, pero su mente estaba fija en el hombre de la cerca, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Lo había visto antes en distintas tierras con hombres distintos. El resultado siempre era el mismo.
Frank lamió sus labios y dijo: “Mira, tal vez podemos arreglar algo. ¿Quieres a la mujer? Bien, pero hemos invertido tiempo y recursos. Merecemos compensación por nuestra molestia.” “Compensación”, repitió el extraño, meditando la palabra como quien la pesa. “Ataste a una mujer, la arrastraste por el desierto y ahora quieres que te paguen por devolverla.” Dio un solo paso hacia adelante, pero la distancia entre ellos se sintió como si se hubiera reducido a la mitad. Eso no funciona así. Algo en Frank se quebró. Su mano cayó a la pistola. La del extraño se movió, no con la rapidez de un relámpago, sino con la precisión de quien sabe que no hay vuelta atrás. En un instante, desenfundó su revólver, apuntando directamente al pecho de Frank, martillando ya preparado. Nadie vio el desenfunde, solo el resultado.
Frank quedó paralizado, medio desenfundando. Wade levantó el rifle, pero una mirada del extraño lo hizo dudar. Porter temblaba cerca de su cinturón inmóvil, todos atrapados en ese instante al borde de la violencia. “Mi nombre es Kale Drumond”, dijo en voz baja el extraño. “Algunos me llaman el ajusticiador. Puede que hayas oído historias.” Hizo una pausa dejándolas asentarse. “Todas son ciertas.” El color abandonó el rostro de Frank. Había oído rumores sobre un rastreador que nunca perdía la pista, un vaquero que nunca fallaba, un hombre que entraba solo a guaridas enemigas.
El viento del desierto levantaba polvo alrededor de los cuatro hombres. Cada respiración parecía contener el tiempo mismo mientras Kale mantenía la pistola firme, sus ojos evaluando cada movimiento. Finalmente, su mirada se posó en Marelli, aún atada a la cerca y algo fugaz cruzó su rostro. Su voz salió tranquila, casi conversacional, pero clara. “¿Tienes algo que me pertenece en este instante?” Frank comprendió que no conocía el nombre de aquel hombre, pero su instinto supo por qué Marelli no temía. Ella había esperado. La garganta de Frank se secó mientras observaba al extraño, paciente como la muerte misma.
Había visto hombres peligrosos antes, incluso se consideraba uno de ellos. Pero esto era diferente. Aquel hombre no amenazaba, solo declaraba un hecho inmutable. “Ahora sostienes la situación”, dijo Frank tratando de recuperar confianza. Mantuvo la mano cerca de su revólver sin desenfundar. “No sé quién eres, amigo, pero aquí no tienes ningún derecho. Esta mujer viajaba sola, sin papeles, sin escolta, objetivo legítimo en estas tierras.” El extraño permaneció imperturbable. “Voy a acercarme a esa cerca. Voy a cortar esas cuerdas. Luego nos marcharemos. Puedes dejarlo pasar o intentarlo. Tu elección.”
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