“Un vaquero le arregló la carreta a una apache… Al día siguiente, cientos de guerreros pintados….
El talismán de los tres fuegos
En los tiempos en que el desierto todavía era dueño y señor de estas tierras, cuando el ferrocarril apenas asomaba la nariz por Tucson y los apaches aún mandaban en sus montañas, vivía un hombre que se llamaba Dalton Queno. Nadie sabía si Kino era su apellido de verdad o uno que se había puesto él mismo para sonar menos gringo. Era un hombre solitario, de esos que prefieren hablar con su caballo antes que con la gente.
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Tenía un jacalito de adobe y ocote perdido entre los mezquites, allá por el rumbo del Pinacate, donde ni los coyotes se atrevían a aullar muy fuerte.
Una mañana de esas que el sol parece que va a derretir los sesos, Dalton cabalgaba despacio buscando unas vacas que se le habían perdido. El aire temblaba de tanto calor. De pronto vio, a lo lejos, una carreta parada en medio del llano. Una mujer sola, india, con trenzas largas y vestido de manta, luchaba con una rueda que se había hecho pedazos. Sudaba la pobre como si la hubieran sacado del infierno, pero no pedía ayuda. No más maldecía bajito en su lengua y empujaba la llanta rota.
Dalton se detuvo. Su primer pensamiento fue seguir de largo. No es asunto mío, se dijo. Los apaches no quieren que ningún blanco toque sus cosas y menos una mujer sola. Pero algo en el modo en que ella apretaba los dientes, sin llorar, sin rendirse, le llegó al fondo del pecho.
Bajó del caballo sin decir palabra, levantó la carreta con el gato que llevaba, sacó la rueda quebrada, puso la de repuesto que la mujer traía debajo del asiento y ajustó todo sin prisa. Ni una palabra cruzaron. Cuando terminó, se limpió las manos en el pantalón, montó de nuevo y se fue. La mujer lo miró irse. No dio las gracias, no hacía falta.
Al día siguiente, todavía no cantaba el gallo. Cuando Dalton despertó con el suelo temblando, salió con el rifle en la mano y se quedó helado. Cientos de apaches rodeaban su jacal. Plumas, pinturas de guerra, lanzas, arcos, rifles Winchester en silencio mortal. Delante de todos, montada en un caballo pintado, estaba ella, la misma mujer. A su lado cabalgaba un hombre viejo, duro como el pedernal, con una cicatriz que le cruzaba la cara: Nalnis, el jefe principal de los Netnai, el que nunca perdonaba.
Dalton sintió que se le aflojaban las rodillas, pero no retrocedió.
—Gringo —dijo el jefe en español duro—, tú tocaste lo que no debías. Esa mujer es mi hija. Su carreta lleva cosas sagradas. Has cometido una ofensa de muerte.
Dalton no contestó. Sabía que cualquier palabra podía ser la última.
—Sin embargo —siguió el jefe—, mi hija habló por ti. Dice que no robaste, que no hablaste mal, que ayudaste sin pedir nada. Por eso no te mataremos aquí como perro. Te daremos la prueba de los tres fuegos. Si pasas los tres, vivirás y serás hombre entre nosotros. Si fallas en uno solo, tu sangre alimentará la tierra.
Lo ataron, lo subieron a un caballo y partieron hacia el norte, rumbo a la sierra sagrada que los blancos llaman Sierra del Viejo, pero que los apaches conocen como Chaan, la montaña donde viven los espíritus.
Llegaron al anochecer a un valle escondido, rodeado de paredes rojas que parecían sangrar con la luz del crepúsculo. Allí, en el centro, había un poste de mezquite clavado en la tierra. Lo desnudaron de la cintura para arriba y lo amarraron al poste con correas de cuero crudo.
Primer fuego, el del cuerpo.
El sol salió sin piedad. No había sombra ni una nube. Los guerreros formaron círculo sentados en cuclillas sin hablar. Ca estaba entre ellos con la cara dura como piedra. Pasaron las horas. El sudor le corría a Dalton por la espalda como ríos. Las correas se le clavaban en las muñecas. Las moscas lo buscaban. El calor era tan fuerte que el aire parecía hervir. Muchos hombres se hubieran desmayado en la primera hora. Dalton no cerraba los ojos y pensaba en el viento fresco de la sierra de su infancia, en el agua helada de los arroyos de Coahuila. No se movió, no gimió. Cuando el sol empezó a bajar, Nalnis levantó la mano. Lo desataron. Dalton cayó de rodillas, pero no se derrumbó del todo.

—Uno —dijo el jefe sin sonreír.
Segundo fuego, el de la mente.
Lo llevaron tambaleante hasta una ramada. Le dieron agua, pero no para él. Delante de Dalton pusieron un cántaro grande de barro lleno hasta el borde. Alrededor, veinte guerreros jóvenes que llevaban tres días sin probar gota porque así era la prueba. Tenían los labios partidos, los ojos hundidos.
—Bebe si quieres —dijo Nalnis—. El agua es tuya por derecho de combate.
Dalton miró el cántaro. Miró a los guerreros. Tomó el cántaro con las dos manos que aún le temblaban del poste y se lo ofreció al primero de los jóvenes.
—Tomen, hermanos —dijo con voz ronca—. El desierto es grande, pero el agua es para todos.
Uno a uno fueron bebiendo. Cuando el cántaro quedó vacío, Dalton no puso boca abajo. Ni una gota para él. Los guerreros se miraron. Nalnis bajó los ojos por primera vez.
—Dos —dijo. Y esta vez había algo parecido al respeto en su voz.
Tercer fuego, el del corazón.
Esa noche encendieron una gran hoguera en el centro del valle. Los tambores retumbaban lento como latidos de la tierra. Trajeron a Dalton, ya vestido con una camisa limpia que le prestaron, y lo sentaron frente al jefe. Ca estaba a la derecha de su padre, callada.
Nalnis sacó de una bolsa de cuero un cuchillo hermoso, mango de asta de venado, hoja de plata con símbolos antiguos.
—Este cuchillo —dijo— perteneció a mi esposa muerta. Viajaba en la carreta que tú tocaste. Es lo más sagrado que tenemos después de nuestros niños. Ahora dime la verdad, hombre blanco, y que los espíritus te quemen la lengua si mientes. Si ayer hubieras sabido que este cuchillo iba en la carreta, ¿habrías ayudado igual o lo habrías robado y vendido en cualquier cantina de Tombstone?
Silencio. El fuego crepitaba. Todos esperaban.
Dalton respiró hondo, miró el cuchillo, miró al jefe directo a los ojos.
—Ayer… ayer era otro hombre —dijo despacio—. Ayer quizás habría pasado de largo o quizás habría metido la mano donde no debía. No lo sé. No puedo jurar por el hombre de ayer. Pero el hombre que está aquí hoy, después de lo que ha visto y sentido, ese hombre dice que sí ayudaría. Aunque supiera que me esperaba la muerte, porque hay cosas que valen más que la vida propia y una de ellas es no dejar a una mujer sola en el desierto.
El silencio fue tan grande que se oía el latir de los corazones. Ca levantó la cara. Sus ojos brillaban.
Nalnis se puso de pie, tomó el cuchillo y lo puso en las manos de Dalton.
—Entonces, ya no eres hombre blanco ni hombre rojo. Eres hombre. Y los hombres de verdad son pocos en estas tierras.
Después vinieron los días que Dalton nunca olvidaría. Lo adoptaron como hermano de sangre. Le hicieron un corte en la palma y mezclaron su sangre con la de Nalnis. Le pintaron la cara con ocre y negro. Le dieron un caballo alazán que corría como el viento. Y una noche, cuando la luna estaba llena y redonda como una moneda de plata, Ca se acercó a él junto al fuego.
—Mi padre dice que ahora puedes quedarte si quieres —dijo en voz baja—. O puedes irte. Nadie te detendrá.
Dalton miró las llamas.
—Nunca pensé que alguien me daría escoger entre la libertad y un hogar —respondió.
Ella sonrió por primera vez. Era una sonrisa que valía más que todo el oro de las minas de Sonora.
—Entonces escoge despacio, Dalton Queno. El desierto no tiene prisa.
Pasaron los meses. A veces Dalton volvía a su jacalito a cuidar sus pocas vacas. A veces se quedaba semanas enteras en el campamento apache, aprendiendo sus cantos, cazando con ellos, curando heridas con hierbas que ni los médicos de Tucson conocían.
Nunca se casó con Ca. Los Netnai obligan a nadie, pero todo el mundo sabía que entre ellos había algo más fuerte que cualquier papel firmado ante cura o juez.
Una mañana de invierno, años después, un arriero que pasaba por el camino vio una carreta con una rueda floja parada frente al jacal de Dalton. Una mujer india, ya no tan joven, pero todavía hermosa, peleaba con la llanta. Dalton salió sin sombrero, con el pelo lleno de canas y se agachó a ayudarla sin decir nada.
El arriero siguió su camino sonriendo. “¿Qué cosas tiene el desierto?”, pensó. “A veces una rueda rota es el principio de todo.”
Y en la puerta del jacal, colgado de un clavo, todavía brillaba el talismán de tres piedras que los apaches le habían dado aquella noche lejana: una roja por el cuerpo que resistió, una blanca por la mente que compartió, una negra por el corazón que dijo la verdad.
Dalton ya no cerraba la puerta con tranca. Ya no le tenía miedo a la soledad, porque sabía que en cualquier momento podía escuchar el crujido de una rueda en el camino. Y entonces sonreía porque sabía exactamente dónde encontrar a quien venía.
Y así vivió el resto de sus días, mitad vaquero, mitad apache, todo hombre.