“¡ESTE ATAÚD ES PARA VILLA!” Coronel Encargó un Ataúd a Medida… ¡Pero Él Mismo lo ESTRENÓ!
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“¡ESTE ATAÚD ES PARA VILLA!” Coronel Encargó un Ataúd a Medida… ¡Pero Él Mismo lo ESTRENÓ!
Chihuahua, 1916. El polvo del desierto aún flotaba en el aire cuando el convoy militar federal llegó a la ciudad, y algo inesperado los acompañaba: un ataúd. No era un ataúd común, sino una elegante caja de caoba importada desde Veracruz, tallada a mano, con herrajes de plata pura que brillaban bajo el sol abrasador del mediodía. El interior estaba forrado con seda roja, como la sangre fresca, y la tapa llevaba una inscripción grabada en letras doradas: “Aquí yace Francisco Villa, muerto como el bandido que fue.”
El hombre que había encargado tan lujoso ataúd era Esteban Villareal, un coronel del ejército federal que en el norte de México era conocido como “El Carnicero de Torreón”. Su apodo no era una exageración ni una leyenda, sino un testamento de la brutalidad con la que había sometido a miles de revolucionarios, sin piedad. Villareal no solo había ganado su fama por su poder militar, sino por su crueldad que hacía que incluso los federales más temibles lo temieran.
Ese día, Villareal estaba celebrando el final de una guerra y, al mismo tiempo, la llegada de un ataúd que había mandado hacer en Veracruz con oro robado de las iglesias. La ironía de la vida lo llevaba a tener que usar ese ataúd que había encargado para otro ser humano: Pancho Villa. Él creía que en algún momento, cuando Villa cayera, ese ataúd sería el que llevaría su cadáver. Pero lo que Villareal no sabía era que su destino estaba a punto de dar un giro fatal.

La Fiesta en la Plaza
El ataúd fue colocado en la plaza principal de Chihuahua, exhibido como un trofeo de guerra. El pueblo entero fue obligado a presenciar el espectáculo, y los soldados de Villareal disfrutaban mientras se reían de los ojos asustados de los pobladores. La figura de la viuda Refugio Ramírez, quien había perdido a su esposo Tomás Ramírez, un valiente revolucionario villista fusilado por orden de Villareal, ocupó un lugar central en ese cruel circo. Villareal, con su habitual arrogancia, exigió que la viuda se acercara al ataúd y le diera un beso de despedida a su marido, en un acto de humillación pública que pretendía romper el espíritu de los revolucionarios.
Con lágrimas en los ojos, Refugio Ramírez se arrodilló y besó la tapa del ataúd de caoba. Los soldados reían a carcajadas mientras Villareal disfrutaba de su poder sobre la mujer destrozada. Pero Refugio, en su dolor, levantó la cabeza y miró fijamente al coronel. En sus ojos ya no había desesperación, sino una feroz determinación.
—Coronel Villareal, este ataúd está muy bonito, tan bonito que da lástima desperdiciarlo en alguien que no lo va a disfrutar —dijo, con una voz firme que dejó helado a Villareal.
Esa frase, dicha con tal calma en medio de la humillación, dejó al coronel estupefacto. Sin embargo, no lo dejó en paz. Con furia, Villareal pateó a Refugio y ordenó que la encerraran en un calabozo, mientras él se acercaba al ataúd y acariciaba la madera con una sonrisa de satisfacción.
El Plan de Villa
A lo lejos, en las montañas de la Sierra Madre, un mensaje importante comenzaba a llegar a los oídos de Pancho Villa. Los informantes de Villa, siempre alerta, habían enviado noticias sobre lo sucedido en Chihuahua. La humillación de la viuda y la presencia del ataúd fueron suficientes para que Villa comprendiera que algo debía hacerse. Villa, que había estado en combate constante contra los federales, no podía permitir que un hombre como Villareal siguiera cometiendo atrocidades en su nombre.
En su campamento, Villa reunió a sus hombres más cercanos, y después de escuchar el relato de lo sucedido en Chihuahua, determinó que el coronel Villareal debía pagar por sus crímenes de una manera que nunca olvidaría. El plan de Villa no solo era vengar a su propio pueblo, sino también a todos aquellos que habían caído bajo la mano de Villareal.
Villa y sus dorados comenzaron a prepararse para la emboscada. Sabían que Villareal no solo había cruzado límites con los revolucionarios, sino también con los valores de honor que regían a los hombres del norte. La última afrenta hacia la viuda fue lo que selló su destino.
El Ataúd y la Trampa Perfecta
A medida que Villa y sus hombres se acercaban a Chihuahua, la noticia de la trampa perfecta comenzó a tomar forma. Villa no solo quería capturar a Villareal, sino humillarlo de la misma manera que él había humillado a los pueblos del norte.
Villa ideó un plan meticuloso: hacerle creer a Villareal que había conseguido lo que tanto deseaba, que había matado a Villa. Para ello, Villa y sus dorados crearon una escena convincente en el Cañón de las Ánimas, un estrechamiento natural entre dos peñas donde podían tender una trampa mortal. Colocaron sangre, casquillos de bala, y hasta un sombrero de Villa con agujeros de bala, para hacer creer que el líder revolucionario había caído en combate.
Cuando Villareal, cegado por su soberbia, llegó a la escena con su convoy, su rostro mostraba una mezcla de euforia y arrogancia. Creyó que finalmente había logrado lo imposible: había vencido a Pancho Villa. Pero, cuando se acercó al lugar del supuesto tiroteo, el viento del desierto trajo consigo una sorpresa fatal.
La Justicia del Desierto
Villa, de pie en un saliente de roca, observaba el miedo reflejado en los ojos de Villareal. Con su rifle Mauser en mano, rodeado por sus dorados, Villa apareció como un espectro, vivo, intacto, mientras los federales caían de rodillas, aterrados por el engaño que había logrado Villa. El ataúd de caoba, que Villareal había encargado para él, ahora era el símbolo de su propia condena.
Villa, con una sonrisa fría, se acercó a Villareal, quien intentaba negar la realidad. Pero Villa no se dejó engañar. Le dijo:
—Este ataúd que mandaste hacer… no es para mí, es para ti.
El Último Acto de Venganza
Villareal, rodeado por 200 hombres armados, fue arrojado al ataúd que había mandado hacer con tanta arrogancia. Con una risa sádica, Villa ordenó que lo enterraran en el mismo lugar donde habían fusilado a los zapatistas. “Que este sea el final que tú mismo pediste”, dijo Villa.
La tierra cayó sobre el ataúd con un sonido sordo, mientras Villareal gritaba desde dentro, suplicando piedad, pero Villa ya no escuchaba. Los dorados, leales hasta el último momento, cubrieron el ataúd con tierra, y la memoria de Villareal quedó sellada bajo el sol abrasador del desierto.
La Leyenda de la Venganza
La historia del ataúd de caoba y la humillación de Esteban Villareal se convirtió en una de las leyendas más temidas del norte de México. Los pueblos aún recuerdan aquel día como el momento en que la justicia del desierto, representada por Pancho Villa, venció a la crueldad y la soberbia de los federales.
FIN