La Noche Que Renací: El Poder de la Sangre Castellanos
El sonido seco de la madera cortando el aire fue el preludio del dolor más brutal que jamás sentí. Un chasquido sibilante, un impacto abrasador en mi espalda baja, y caí de rodillas sobre la alfombra barata de la sala. Instintivamente, me abracé el vientre de ocho meses, intentando proteger la vida que crecía dentro de mí.
—Te dije que no me miraras así —rugió Roberto, mi esposo, su voz deformada por el alcohol y la furia—. En mi casa, se hace lo que yo mando. Si Lorena quiere que te vayas a la cocina, te vas a la cocina.
Levanté la vista, nublada por las lágrimas. Roberto blandía un bastón de madera, el que usaba cuando se lesionó el tobillo, convertido ahora en su arma de castigo. Detrás de él, sentada en el sofá con una copa de vino, estaba Lorena, la amante que destruyó mi hogar. Sonreía con crueldad, disfrutando del espectáculo.

—Ay, Roberto —dijo ella con voz melosa—. No seas tan blando… o sí, sé duro. Quizás así aprenda su lugar. Mírala, parece una vaca gorda rodando por el suelo. Me da asco. ¿Cómo pudiste casarte con esa huérfana?
—Fue un error —escupió Roberto, levantando el bastón de nuevo—. Un error que estoy corrigiendo. ¡Levántate, inútil!
Intenté incorporarme, pero el dolor me paralizaba. Roberto no esperó. El bastón descendió otra vez, golpeando mi hombro. Grité.
—¡Roberto, por favor! —supliqué mientras me arrastraba hacia atrás—. El bebé… vas a lastimar a tu hijo.
—¿Esa cosa? —rió Roberto con frialdad—. Lorena me dará hijos de verdad, hijos con clase. No hijos de una nadie sin apellido, sin familia, sin dinero. Eres una carga, Elena. Llevo dos años manteniéndote, soportando tu mediocridad. Pero se acabó.
Lorena se acercó y le puso una mano en el pecho.
—Amor, sácala de aquí. Quiero remodelar esta sala y su presencia me estorba. Que se vaya al cobertizo del jardín… o mejor, a la calle.
Roberto asintió, embriagado por el poder de humillarme.
—¡Lárgate, Elena! —gritó—. Ahora mismo.
—Está lloviendo, es de noche… no tengo a dónde ir —lloré—. Por favor, solo déjame quedarme hasta que nazca el bebé. Después me iré. Lo juro.
Roberto me miró con un desprecio infinito. Levantó el bastón por tercera vez, apuntando a mi cabeza. Cerré los ojos y levanté el brazo para protegerme. Sentí el crujido de mi muñeca al romperse, mezclado con mi grito de agonía. Roberto me agarró del cabello y me arrastró hasta la puerta trasera. Me empujó hacia la oscuridad y la lluvia torrencial.
—¡Y no vuelvas! —gritó—. Si te veo cerca de mi casa o de mi empresa, te mato.
Escuché el cerrojo. Me quedé tirada en el barro, bajo la tormenta, con la muñeca rota y el cuerpo magullado. Sentí una contracción fuerte. El miedo me invadió. ¿Y si perdía a mi bebé? ¿Y si moría sola, como la huérfana que Roberto creía que era?
Pero Roberto había cometido el peor error de su vida. Creía que yo era débil, que estaba sola. No sabía que mi silencio era una promesa hecha a mi madre moribunda: vivir una vida sencilla, lejos del poder de mi familia. Esa promesa se rompió cuando el bastón tocó mi piel.
Lo que Roberto y Lorena jamás imaginaron era que yo tenía tres hermanos. No cualquier hermanos: los trillizos Castellanos. Dante, el CEO del conglomerado de construcción más grande del mundo. Julián, el genio tecnológico que controlaba los datos de medio planeta. Adrián, el jefe de seguridad privada más temido, el puño de Dios.
Con mi mano sana, saqué del bolsillo del vestido empapado el localizador satelital que Adrián me dio “por si acaso”. Apreté el botón. La luz roja parpadeó. “Vengan por mí”, susurré al viento, “y traigan el infierno”.
Me arrastré hasta el viejo granero para resguardarme. Mi cuerpo dolía, pero mi mente estaba clara. Conocía a mis hermanos. Pasaron veinte minutos. El sonido no vino de la carretera, sino del cielo: tres helicópteros negros descendieron sobre el jardín, aplastando los rosales de Roberto. Las luces de búsqueda iluminaron la casa como si fuera mediodía.
De los helicópteros bajaron hombres de negro táctico, armados y decididos. Y luego, mis hermanos.
Dante, impecable en su traje de tres piezas. Julián, con su tablet y mirada calculadora. Adrián, con camiseta negra y botas militares, la furia contenida en sus ojos.
Corrí hacia ellos. Adrián me levantó en sus brazos.
—¿Quién te hizo esto? —temblaba de rabia.
—Fue Roberto —susurré—. Me pegó, me echó, está con su amante.
Dante acarició mi mejilla con ternura.
—Ya pasó, princesa. El equipo médico está listo. Te llevarán ahora mismo.
—No —me aferré a Adrián—. Quiero verlo perderlo todo.
Dante asintió. Me subieron al helicóptero, los médicos me atendieron. “El bebé está bien”, dijo el doctor. Desde la puerta abierta, vi el juicio final.
Mis hermanos enfrentaron a Roberto, que intentó usar su arrogancia.
—¡Esta es propiedad privada! Tengo influencias…
Julián levantó su tablet.
—Llama a quien quieras, Roberto, pero dudo que te contesten. En los últimos diez minutos, vacié tus cuentas en las Islas Caimán y las doné a orfanatos. Tus cuentas locales, congeladas por fraude fiscal. Tus tarjetas, canceladas.
Roberto palideció.
—¿Y tu empresa? —continuó Julián—. Dante se encargó.
—Acabo de comprar el 60% de tus acciones —dijo Dante—. Eres despedido y la empresa será disuelta.
Roberto cayó de rodillas.
—No es mi vida, es todo lo que tengo…
—Te equivocas —dijo Adrián—. Tu vida era esa mujer y ese hijo que casi matas. Ahora, tu vida me pertenece a mí.
Lorena intentó huir, pero Dante chasqueó los dedos y dos guardias la detuvieron.
—Su salón de belleza, clausurado. El contrato de arrendamiento, cancelado. Tienen cinco minutos para sacar sus cosas antes de que demuela esta casa.
—¡Es mi casa! —gritó Roberto.
—Compré la hipoteca hace cinco minutos —dijo Dante—. Ahora es mía.
Adrián se agachó frente a Roberto, lo levantó por el cuello de la bata.
—Golpeaste a mi hermana embarazada —susurró—. No te voy a matar. La muerte es fácil. Te dejaré vivo para que recuerdes cada día que los Castellanos no perdonan.
Adrián rompió el bastón de Roberto con la rodilla y le dio un puñetazo en el estómago, dejándolo retorciéndose en el barro.
—Vámonos —ordenó Dante.
Mientras despegábamos, vi a Roberto y Lorena cubiertos de lodo, viendo cómo las excavadoras entraban para demoler la mansión.
Cinco años después, estoy sentada en el jardín de la mansión Castellanos. Mi hijo Leo corre, Adrián lo persigue riendo. Mi muñeca sanó, aunque a veces me duele cuando cambia el clima: mi recordatorio de lo que sobreviví.
Roberto nunca se recuperó. Sin dinero, sin nombre, con antecedentes penales, pasó tres años en la cárcel. Lorena lo abandonó y desapareció. Yo tomé mi lugar en la empresa familiar y dirijo una fundación para mujeres maltratadas.
La chica ingenua que quería vivir una vida sencilla murió esa noche bajo la lluvia. La mujer que nació de esas cenizas es mucho más fuerte. Tengo a mis hermanos, a mi hijo y la certeza de que, aunque el mundo sea cruel, la familia es una fortaleza inexpugnable.
Roberto intentó romperme con un bastón. Mis hermanos me reconstruyeron con su poder. Ahora soy irrompible.
Si sentiste la satisfacción de ver caer a los malvados y crees que la familia es lo más importante, escribe “La sangre llama” en los comentarios. Recuerda: nunca sabes con quién te estás metiendo. La persona más humilde puede tener a los leones más feroces cuidando su espalda.
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