«Le Advirtieron: “No Mires Hacia Allá”… Pero El Ranchero Desafió a Todos y Desató la Ira del Pueblo con Su Audaz Decisión»

«Le Advirtieron: “No Mires Hacia Allá”… Pero El Ranchero Desafió a Todos y Desató la Ira del Pueblo con Su Audaz Decisión»

Capítulo 1: Bajo el Sol Implacable

El verano de 1878 en Nuevo México era un castigo. El sol no iluminaba, martillaba la tierra con furia, quebrando el suelo y los ánimos de los hombres. Los campos, resecos y agrietados, parecían la piel de un gigante moribundo; los arroyos se habían convertido en cicatrices de polvo, y el viento arrastraba solo desesperanza. La sequía devoraba las cosechas, mataba al ganado y ahogaba a los rancheros en deudas que crecían como maleza.

En el rancho Broken Creek, Asroold vivía solo desde la muerte de Clara, su esposa, tres años atrás. Su vida era silencio y trabajo, una rutina que lo mantenía a flote mientras el rancho se hundía bajo el peso de las deudas y las amenazas de Salas Craw, el empresario más temido de la región. Craw era un lobo hambriento, dueño de un sindicato de matones y de una sonrisa tan falsa como su sombrero de ala ancha. Compraba derechos de agua, incendiaba graneros y amenazaba con pistolas ocultas bajo abrigos elegantes. Nadie se atrevía a enfrentarlo; el miedo era su mejor aliado.

Aquella tarde, Asroold cabalgaba solo por los límites de su propiedad. El desierto se extendía a su alrededor como un mar de arena dorada, punteado por yucas espinosas y árboles retorcidos. El sudor le picaba los ojos, pero su instinto lo mantenía alerta. De pronto, algo llamó su atención: un árbol muerto, con ramas como garras, y atada a él, una figura humana.

Se acercó con cautela, la mano en el revólver. Era una mujer mexicana, por su piel morena y el rebozo que cubría su cabeza. Estaba atada con cuerdas gruesas, el torso y una pierna elevada contra el tronco. Su vestido raído se adhería al cuerpo por el sudor y el polvo. Tenía el rostro serio, los ojos oscuros fijos en el horizonte, no con terror, sino con una determinación feroz. Cicatrices antiguas marcaban su cuello y hombros, huellas de latigazos y hierros calientes.

—¿Quién demonios te hizo esto? —gruñó Asroold, desmontando y cortando las cuerdas con su cuchillo.

La mujer se liberó con un movimiento fluido, frotándose las muñecas. No gritó ni lloró; solo lo miró directamente.

—Hombres de Craw. Me capturaron en el camino. Pensaron que era espía o algo peor, pero no me quebraron.

Su voz era ronca, con acento del sur de México, pero firme como el acero. Se llamaba Lucía Reyes. Tenía unos treinta años y había cruzado la frontera huyendo de un pasado oscuro: un marido abusivo en Chihuahua que la había marcado como ganado antes de que ella lo abandonara. Sabía domar caballos salvajes, curar animales enfermos y sobrevivir en la intemperie. Arrastraba un mustang flaco, robado en su escape. Pidió trabajo, no caridad.

Asroold dudó. Contratar a una mujer sola y mexicana era invitar problemas. Los peones lo verían como debilidad, y Craw usaría cualquier excusa para atacar. Pero algo en los ojos de Lucía, esa chispa de fuego que él había perdido, lo convenció.

La llevó al rancho, le dio un catre en el establo y la puso a prueba. Los primeros días fueron duros. El capataz Pique, hombre rudo de bigote espeso y cicatrices, la miró con desprecio.

—Una mexicana en mi rancho —masculló ante los otros peones—. Va a traer mala suerte, jefe. Mejor échela antes de que nos robe o algo peor.

Los hombres rieron, pero Lucía no respondió. En cambio, se puso a trabajar. Limpió los establos, alimentó al ganado con ingenio, mezclando hierbas secas del desierto para que los animales retuvieran agua. Un día, el caballo más salvaje del rancho, Varón, un semental negro con ojos demoníacos, se soltó y causó caos. Pique intentó domarlo con látigo y espuelas, pero el animal lo tiró al suelo, dejando al capataz magullado y humillado.

Lucía se acercó despacio, sin armas, murmurando palabras suaves en español.

—Tranquilo, mi rey. No te haré daño.

Extendió la mano, dejó que el caballo oliera su palma. Los peones observaban en silencio. Varón resopló, pateó la tierra, pero poco a poco se calmó. Lucía montó sin silla, guiándolo con toques gentiles y susurros. En media hora, el caballo trotaba obediente. Pique se levantó escupiendo polvo.

—Maldita sea, esa bruja sabe lo que hace.

Desde entonces, el respeto creció. Lucía transformó el rancho. Encontró un manantial oculto en las colinas, desviando agua con canales improvisados de piedras y madera. Curó vacas enfermas con remedios de su tierra: té de epazote para parásitos, ungüentos de aloe para heridas. El ganado engordó pese a la sequía y los caballos se volvieron más fuertes.

Asroold la observaba desde la veranda, fumando un cigarro. Ella era como un viento fresco en el infierno del desierto, pero el pasado de Lucía no estaba muerto. Una noche, alrededor de la fogata, le contó fragmentos de su vida. Había nacido en un pueblo polvoriento cerca de Durango, hija de un vaquero y una curandera. A los dieciocho se casó con un hombre cruel que la golpeaba por diversión. Una vez la ató a un poste como castigo por hablar con un vecino. Escapó una madrugada, robando un caballo y cruzando el río grande.

—Soy libre ahora —dijo—. Pero las cicatrices me recuerdan que la libertad se gana cada día.

Asroold compartió su dolor. Clara, su esposa, había sido su ancla. Murió en sus brazos, delirando de fiebre. Desde entonces, el rancho era todo lo que tenía, pero Craw quería quitárselo.

Capítulo 1: Bajo el Sol Implacable

El verano de 1878 en Nuevo México era un castigo. El sol no iluminaba, martillaba la tierra con furia, quebrando el suelo y los ánimos de los hombres. Los campos, resecos y agrietados, parecían la piel de un gigante moribundo; los arroyos se habían convertido en cicatrices de polvo, y el viento arrastraba solo desesperanza. La sequía devoraba las cosechas, mataba al ganado y ahogaba a los rancheros en deudas que crecían como maleza.

En el rancho Broken Creek, Asroold vivía solo desde la muerte de Clara, su esposa, tres años atrás. Su vida era silencio y trabajo, una rutina que lo mantenía a flote mientras el rancho se hundía bajo el peso de las deudas y las amenazas de Salas Craw, el empresario más temido de la región. Craw era un lobo hambriento, dueño de un sindicato de matones y de una sonrisa tan falsa como su sombrero de ala ancha. Compraba derechos de agua, incendiaba graneros y amenazaba con pistolas ocultas bajo abrigos elegantes. Nadie se atrevía a enfrentarlo; el miedo era su mejor aliado.

Aquella tarde, Asroold cabalgaba solo por los límites de su propiedad. El desierto se extendía a su alrededor como un mar de arena dorada, punteado por yucas espinosas y árboles retorcidos. El sudor le picaba los ojos, pero su instinto lo mantenía alerta. De pronto, algo llamó su atención: un árbol muerto, con ramas como garras, y atada a él, una figura humana.

Se acercó con cautela, la mano en el revólver. Era una mujer mexicana, por su piel morena y el rebozo que cubría su cabeza. Estaba atada con cuerdas gruesas, el torso y una pierna elevada contra el tronco. Su vestido raído se adhería al cuerpo por el sudor y el polvo. Tenía el rostro serio, los ojos oscuros fijos en el horizonte, no con terror, sino con una determinación feroz. Cicatrices antiguas marcaban su cuello y hombros, huellas de latigazos y hierros calientes.

—¿Quién demonios te hizo esto? —gruñó Asroold, desmontando y cortando las cuerdas con su cuchillo.

La mujer se liberó con un movimiento fluido, frotándose las muñecas. No gritó ni lloró; solo lo miró directamente.

—Hombres de Craw. Me capturaron en el camino. Pensaron que era espía o algo peor, pero no me quebraron.

Su voz era ronca, con acento del sur de México, pero firme como el acero. Se llamaba Lucía Reyes. Tenía unos treinta años y había cruzado la frontera huyendo de un pasado oscuro: un marido abusivo en Chihuahua que la había marcado como ganado antes de que ella lo abandonara. Sabía domar caballos salvajes, curar animales enfermos y sobrevivir en la intemperie. Arrastraba un mustang flaco, robado en su escape. Pidió trabajo, no caridad.

Asroold dudó. Contratar a una mujer sola y mexicana era invitar problemas. Los peones lo verían como debilidad, y Craw usaría cualquier excusa para atacar. Pero algo en los ojos de Lucía, esa chispa de fuego que él había perdido, lo convenció.

La llevó al rancho, le dio un catre en el establo y la puso a prueba. Los primeros días fueron duros. El capataz Pique, hombre rudo de bigote espeso y cicatrices, la miró con desprecio.

—Una mexicana en mi rancho —masculló ante los otros peones—. Va a traer mala suerte, jefe. Mejor échela antes de que nos robe o algo peor.

Los hombres rieron, pero Lucía no respondió. En cambio, se puso a trabajar. Limpió los establos, alimentó al ganado con ingenio, mezclando hierbas secas del desierto para que los animales retuvieran agua. Un día, el caballo más salvaje del rancho, Varón, un semental negro con ojos demoníacos, se soltó y causó caos. Pique intentó domarlo con látigo y espuelas, pero el animal lo tiró al suelo, dejando al capataz magullado y humillado.

Lucía se acercó despacio, sin armas, murmurando palabras suaves en español.

—Tranquilo, mi rey. No te haré daño.

Extendió la mano, dejó que el caballo oliera su palma. Los peones observaban en silencio. Varón resopló, pateó la tierra, pero poco a poco se calmó. Lucía montó sin silla, guiándolo con toques gentiles y susurros. En media hora, el caballo trotaba obediente. Pique se levantó escupiendo polvo.

—Maldita sea, esa bruja sabe lo que hace.

Desde entonces, el respeto creció. Lucía transformó el rancho. Encontró un manantial oculto en las colinas, desviando agua con canales improvisados de piedras y madera. Curó vacas enfermas con remedios de su tierra: té de epazote para parásitos, ungüentos de aloe para heridas. El ganado engordó pese a la sequía y los caballos se volvieron más fuertes.

Asroold la observaba desde la veranda, fumando un cigarro. Ella era como un viento fresco en el infierno del desierto, pero el pasado de Lucía no estaba muerto. Una noche, alrededor de la fogata, le contó fragmentos de su vida. Había nacido en un pueblo polvoriento cerca de Durango, hija de un vaquero y una curandera. A los dieciocho se casó con un hombre cruel que la golpeaba por diversión. Una vez la ató a un poste como castigo por hablar con un vecino. Escapó una madrugada, robando un caballo y cruzando el río grande.

—Soy libre ahora —dijo—. Pero las cicatrices me recuerdan que la libertad se gana cada día.

Asroold compartió su dolor. Clara, su esposa, había sido su ancla. Murió en sus brazos, delirando de fiebre. Desde entonces, el rancho era todo lo que tenía, pero Craw quería quitárselo.

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