Pacto de amor esclavo con el Gerente General Capítulo 12: El golpe del destino

Pacto de amor esclavo con el Gerente General
Capítulo 12: El golpe del destino

La noche cayó sobre Madrid con un aire espeso, casi eléctrico. En la oficina principal del Grupo Santoro, las luces permanecían encendidas. El reloj marcaba las once y Daniel aún estaba allí, con la mirada fija en la pantalla de su ordenador, pero sin ver nada. Desde que descubrió los documentos que vinculaban a Santoro con operaciones ilegales en América Latina, sabía que su tiempo se estaba acabando.

Lucía, por su parte, lo había comprendido antes que él. Aquella mañana, mientras Daniel dormía enredado entre las sábanas de su ático, ella había guardado sus pocas pertenencias en una maleta pequeña. La llave de la puerta sonó como una despedida cuando la dejó sobre la mesa.

—No puedo seguir siendo parte de esta guerra —susurró, mirando su reflejo en el espejo—. No quiero ser la debilidad de nadie.

Tomó un taxi rumbo a la estación de Atocha. El aire frío de la madrugada le mordía la piel, pero en su pecho ardía una decisión. Sin embargo, antes de subir al tren, una mano firme la detuvo.

—¿De verdad pensabas irte sin decirme adiós? —la voz de Daniel, baja y contenida, la atravesó.

Lucía se volvió lentamente. En sus ojos había lágrimas y orgullo mezclados.
—No quiero verte caer, Daniel. Ya es demasiado tarde para salvar lo que somos.

Él la tomó por los hombros, acercándola tanto que casi podían sentir el latido del otro.
—No. No te vas —dijo con una determinación que temblaba por dentro—. Si caigo, será contigo. Si escapo, será contigo.

Pero justo entonces, su móvil vibró. Un mensaje corto de su asistente:

“Santoro sabe lo del contrato. No confíes en el consejo.”

Daniel sintió un vacío helado abrirse bajo sus pies. Miró alrededor con la intuición de un cazador rodeado.
—Lucía, tenemos que irnos ahora —susurró—. Nos han traicionado.

A pocos kilómetros, en la sede del Grupo, el Consejo Directivo se reunía en secreto. Entre ellos, Clara Vázquez, directora financiera y antigua aliada de Daniel, firmaba documentos que autorizaban la destitución inmediata del Gerente General.

—Santoro lo pidió personalmente —dijo con voz fría—. A partir de mañana, Daniel Rivas dejará de existir para esta empresa.

De regreso en la carretera, Daniel y Lucía huían sin destino fijo. Las luces de Madrid quedaban atrás como un pasado imposible de olvidar.
—¿Y ahora qué haremos? —preguntó ella, rompiendo el silencio.

Él la miró de reojo, con una mezcla de miedo y deseo.
—Ahora empieza la verdadera guerra —respondió—. Y nadie, ni siquiera Santoro, saldrá ileso.

Mientras tanto, en un despacho oscuro del edificio central, Santoro sonreía con una copa de vino en la mano.
—Deja que corran —murmuró a su asistente—. Cuanto más lejos lleguen, más doloroso será su regreso.

Pero lo que ni Daniel ni Lucía sabían era que el golpe del destino no vendría de fuera… sino de alguien que ambos habían amado y confiado ciegamente.

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