(Campeche, 1968) La mujer que tenía r3l4ci0nes con un burro
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El calor sofocante de julio de 1968 se pegaba a las piedras del centro histórico de Campeche como una tela húmeda. Las noches eran pesadas, inmóviles, y hasta el mar parecía respirar con dificultad. La ciudad, todavía recostada entre sus murallas coloniales y sus costumbres viejas, vivía de espaldas al ruido del mundo moderno; se alimentaba, más bien, de murmullos, de miradas furtivas tras las cortinas, de historias que corrían más rápido que cualquier noticia oficial.
Y fue una historia, no un huracán ni un discurso político, la que marcó aquel verano. Una historia tan perturbadora que, décadas después, los ancianos que aún la recuerdan bajan la voz cuando la nombran. No por pudor, sino por vergüenza.
En las afueras de la ciudad, donde las calles empedradas se convertían en brechas de tierra y las milpas abandonadas se perdían en el monte seco, había una propiedad que todos conocían simplemente como La Herradura. No era una hacienda rica. Había sido, tal vez, un rancho decente en tiempos mejores, pero en 1968 no era más que una casa de mampostería cansada, un corral torcido, unos cuantos árboles dispersos y animales que sobrevivían más por inercia que por cuidado.
Allí vivía Dolores Cantún.
Tenía treinta y siete años, pero la soledad y el sol la habían envejecido más que los números. Hubo un tiempo en que no fue así. Los viejos del mercado todavía podían describir a la joven Dolores de finales de los cincuenta: una muchacha de risa fácil, ojos brillantes y manos rápidas para pesar la fruta junto a su madre. Se la veía en misa, en las fiestas patronales, bailando en los fandangos bajo los faroles, con un vestido sencillo pero limpio. Tenía un novio, Esteban, pescador del barrio de San Román. Los dos se miraban como si el futuro fuera una promesa segura.
Hasta que el mar se lo tragó.
Fue en una tormenta que subió sin avisar por el golfo. Las lanchas que lograron volver contaron que vieron la suya volcar lejos, más allá de las boyas. Nunca encontraron el cuerpo. Esteban se volvió un nombre que se decía en pasado, pero nunca en pasado completo. Dolores quedó colgada de ese tal vez cruel, en ese limbo donde no se es ni viuda ni prometida.
Los años la fueron quitando del mundo. Dejó de ir a misa, dejó el puesto en el mercado, dejó de aparecer en las fiestas. Se encerró en La Herradura con su madre enferma, una mujer dura, de fe torcida, que murió en 1963, dejando a Dolores sola con una casa que se caía a pedazos y un rancho que nadie quería heredar.
Fueron entonces los vecinos —los pocos que vivían a casi un kilómetro— quienes empezaron a notar que algo se doblaba por dentro en esa mujer. La veían deambular de noche por el patio, hablando sola, moviendo los brazos como si discutiera con alguien invisible. En las noches sin luna, del terreno llegaban sonidos extraños, difíciles de describir: murmuraciones, algún quejido, golpes secos en la madera del corral.
El primero en alarmarse realmente fue don Sebastián Pech, un campesino de sesenta años con la piel curtida y los ojos hundidos de quien ha visto más soles que fiestas. Cada mañana pasaba frente a La Herradura rumbo a su milpa en Xomilá. Durante años su saludo a Dolores era un “buenos días, doña” y una inclinación de cabeza; ella respondía con un gesto mínimo y seguía su camino. Pero en los últimos meses, al oír sus pasos, ella se metía deprisa en la casa, cerrando la puerta con un portazo seco.
Una madrugada de principios de julio, don Sebastián salió todavía más temprano de lo habitual. La oscuridad se pegaba a la tierra. Al pasar frente a La Herradura, vio algo que lo hizo detenerse. En el corral, donde a esa hora solo debería reinar la sombra, ardía una luz amarillenta de lámpara de petróleo. La llama proyectaba figuras alargadas sobre la madera podrida.
Y ahí, en medio de ese resplandor débil, estaba Dolores.
No estaba sola. Junto a ella, un burro gris, robusto, que ella había comprado meses atrás en el mercado de ganado. Don Sebastián se quedó quieto en el camino, a medio paso, con el machete colgando flojo en la mano. Algo en esa escena lo inquietó, sin que supiera por qué. No era raro que una mujer se levantase temprano a alimentar a sus animales. Lo extraño era la forma en que se movía alrededor del burro, la cercanía, la ausencia de prisa, la intimidad rara con que le recorría el lomo.
Siguió su camino, pero la imagen lo acompañó lo que quedaba de la jornada. Trató de convencerse de que no había visto nada inusual. “Está sola”, se dijo, “conversa con el animal, nada más”. Pero una alarma vieja, de esos instintos que nadie nombra, le daba golpes sordos en el pecho.
Aquella noche, acostado en su hamaca, oyendo a su mujer respirar junto a él, tomó una decisión: vigilaría un poco más lo que pasaba en La Herradura.
No era el único.

Trinidad Cámara, viuda de cincuenta años, vivía en la casa más cercana al rancho de Dolores. Era famosa por su lengua filosa y por saber en qué casa habían cambiado las sábanas antes que la esposa lo contara a su propia hermana. Desde hacía meses, se había fijado en cosas que no encajaban.
Había visto a Dolores llegar a la tienda del pueblo para comprar más comida de la que una persona sola podía necesitar. Había notado la dedicación exagerada al burro: lo cepillaba durante largo rato, lo bañaba ella misma, le hablaba con una ternura que Trinidad habría esperado de una madre a un niño, no de una campesina a un animal de carga.
Un día de calor insoportable a mediados de julio, Trinidad, empujada por esa mezcla suya de curiosidad y sentido del deber, caminó hasta La Herradura con una olla de tamales, declarando que iba a venderlos. Dolores la recibió en la puerta, contenida, bloqueando el paso con su cuerpo.
—No tengo hambre, comadre —dijo, evitando la mirada.
Mientras hablaba, Trinidad aprovechó un descuido para mirar por encima de su hombro hacia adentro.
Lo que vio le heló la sangre.
El burro estaba dentro de la casa. No en un corral improvisado ni atado a una columna, sino en lo que antes, a juzgar por el piso y las paredes, había sido la sala principal. El animal estaba quieto, como dueño del espacio. Dolores se dio cuenta de hacia dónde miraban los ojos de Trinidad y cerró la puerta con una brusquedad que casi le golpea la nariz.
Con el corazón acelerado y la cabeza llena de sospechas, Trinidad regresó a su casa. Esa noche, buscó a don Sebastián. Los dos, sentados en la cocina de ella, con una vela medio consumida entre los dos, pusieron en común lo que habían visto. A partir de entonces, empezaron a juntar lo que en su mente serían pruebas.
Sebastián ajustó sus horarios para pasar frente a La Herradura a distintas horas. Siempre encontraba algún detalle que alimentaba su inquietud: el burro entrando a la casa al anochecer, la luz encendida en la cocina hasta altas horas, la silueta de Dolores moviéndose de un cuarto a otro con algo más que quehaceres.
Trinidad, por su parte, aprovechaba sus visitas a la tienda, a la tortillería, al mercado, para preguntar con voz inocente qué compraba Dolores: aceite en cantidades inusuales, ungüentos, telas finas que nadie entendía para qué usaría una mujer sin visitas ni eventos sociales.
La noche de luna llena fue la que partió el hilo.
Don Sebastián, agitado por sus propias conjeturas, salió de su casa cuando su esposa ya roncaba. Caminó hasta La Herradura pegado a los matorrales, como quien va de cacería. Eran casi las doce cuando llegó a la cerca.
La casa estaba oscura salvo por un resplandor detrás, en una de las ventanas posteriores. Sebastian se acercó, sintiendo el sudor correrle por la espalda a pesar del aire más fresco de la noche, y se asomó por la rendija entre una cortina raída y la pared.
El cuarto era el dormitorio. Una luz tenue de velas delineaba la cama, una mesita y una silla. Dolores estaba de pie, con un camisón blanco que le llegaba a las rodillas, el pelo suelto cayendo hasta la mitad de la espalda. Sus pies desnudos se hundían en la tierra del piso.
El burro estaba allí, dentro del cuarto.
Dolores le acariciaba el cuello, el lomo, los flancos, con movimientos lentos, casi reverentes. Murmuraba palabras que Sebastián no alcanzaba a oír, pero el tono no era de orden ni de regaño. Era de confidencia, de consuelo, quizá de amor. Hubo un gesto, un acercamiento del cuerpo, que no dejaba espacios para la duda.
Don Sebastián se apartó de golpe, tropezó con una raíz y cayó sentado, con el corazón golpeando en la garganta. El ruido de su caída rompió el hechizo. Dentro del cuarto, Dolores se detuvo, corrió hacia la ventana y alcanzó a ver una figura huyendo entre la maleza.
Un grito ahogado le salió del pecho. Supo, con la certeza de quien ve la ola antes de que reviente, que su secreto —el único resguardo que había encontrado contra la soledad— había sido descubierto.
Sebastián no durmió esa noche. Al amanecer fue directo a casa de Trinidad. Le contó lo que había visto, con detalles que lo hacían ruborizar a pesar de sus canas. Trinidad lo escuchó, con el horror pintado en la cara y, al fondo, un brillo de satisfacción oscura por haber tenido razón.
—Esto no podemos guardarlo —dijo—. Es un pecado que clama al cielo.
Sebastián dudaba. Imaginaba el rostro de Dolores cuando la señalasen en la calle, las piedras, las burlas. Sabía que la gente de Campeche podía ser más cruel que el mar. Pero Trinidad ya había elegido el camino. Esa misma tarde fue a ver al padre Cristóbal.
El párroco, hombre delgado de setenta y dos años, manos temblorosas y ojos cansados, llevaba más de tres décadas confesando pecados en aquella ciudad. Había oído de adulterios, robos, golpes, incluso de uno que otro aborto escondido. Pero lo que Trinidad describió, palabra por palabra, con una minuciosidad que rozaba lo morboso, lo dejó sin saliva.
Se tomó su tiempo antes de hablar. Entrelazó los dedos sobre el escritorio, cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrió, su voz temblaba, pero no vacilaba.
—Eso es obra del demonio —dijo—. Es un pecado grave contra Dios y contra la naturaleza. Y un escándalo para toda la comunidad. No basta con la confesión. Es asunto también de las autoridades civiles.
Al día siguiente, el padre Cristóbal fue a la comisaría. El comisario municipal, Evaristo Mena, hombre grande, de bigote espeso y carácter de gallo de pelea, lo recibió con respeto. Cuando oyó la acusación, se inclinó hacia atrás en la silla.
—Padre… —soltó una carcajada incrédula—. ¿Está usted seguro? Eso suena más a cuento de borrachos.
El sacerdote no sonrió. Su rostro se mantuvo grave.
—No he venido aquí a contar chistes, Evaristo —respondió—. Trinidad lo asegura, y don Sebastián también. Y los conocemos. No son santos, pero tampoco inventores de fábulas.
El comisario se sobó la frente. La ley en esos tiempos no tenía artículo alguno que hablara de bestialismo. Podía considerar el asunto como escándalo público, como atentado a la moral, pero nada estaba claro. Por otra parte, ignorarlo sería mostrarse débil ante el pueblo.
—Necesito algo más que chismes —dijo por fin—. Hablaré con don Sebastián. Si su historia se sostiene, iremos a la finca a ver.
Citaron a Sebastián aquella misma tarde. El viejo llegó con el sombrero apretado contra el pecho. Durante una hora, el comisario lo interrogó, buscando contradicciones, alguna señal de que hubiera malinterpretado lo visto. Pero el relato fue firme en todo: los horarios, la ventana, la ropa de Dolores, la posición del burro, el gesto final.
Al terminar, Mena apoyó los codos en la mesa. El aire parecía más pesado.
Podía dejar todo en un cajón, enterrarlo en la burocracia. Pero ya el rumor andaba rondando. Si no actuaba, otros lo harían, y con menos cuidado.
Decidió encarar el asunto con una fachada de protocolo.
Al día siguiente, acompañado por dos agentes y el padre Cristóbal, se dirigió a La Herradura. Oficialmente iban a una inspección de rutina de predios rurales. Extraoficialmente, iban a enfrentar a una mujer contra la que no sabían qué hacer.
Llegaron cuando el sol estaba en lo alto, aplastando la tierra. Dolores los vio venir desde la ventana de la cocina. Sintió cómo el estómago se le iba a los pies. Desde la noche del descubrimiento de Sebastián vivía con la sensación de tener una piedra en el pecho. Había pensado en huir. Pero, ¿adónde? No tenía dinero, ni parientes en otra ciudad, ni siquiera papeles en regla para cruzar lejos. Su mundo, reducido, era ese pedazo de tierra y ese animal.
Abrió la puerta antes de que tocaran. Se sostuvo del marco con ambas manos, como quien se agarra de un borde.
—Comisario —saludó, con un hilo de voz—. ¿En qué le puedo servir?
El comisario se quitó el sombrero. Intentó un tono correcto, duro, pero no del todo inhumano.
—Doña Dolores —dijo—, hemos recibido unas denuncias sobre… actividades irregulares en su propiedad. Necesito hacerle unas preguntas y, quizá, revisar el lugar.
Dolores cerró los ojos un instante. Sabía, claro, qué significaba “irregulares”.
—¿Qué dicen que hice? —preguntó, sin rodeos.
El padre Cristóbal se adelantó.
—Hija —dijo—, te acusan de mantener relaciones carnales con un animal. De cometer un pecado gravísimo, contra Dios y contra la naturaleza.
La palabra “burro” no se pronunció, pero flotó en el aire.
Dolores no se llevó la mano al pecho, no gritó, no negó. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sí, pero eran lágrimas viejas, de cansancio.
—¿Y quién los mandó? —susurró—. ¿Quién se cree con derecho a decir cómo sobrevive una mujer sola, cuando la soledad la puede volver loca?
Esa respuesta desconcertó a los hombres. No era la reacción de alguien pillado por sorpresa. Tampoco de alguien dispuesto a fingir. Era una especie de rendición sin excusas.
—Necesito entrar —dijo el comisario—. Es mi trabajo.
Dolores se hizo a un lado. La puerta quedó abierta de par en par.
—Pasen —dijo—. Vean lo que quieran ver. Yo hace años que estoy juzgada.
El interior de la casa los sorprendió. No encontraron suciedad ni abandono caótico. El piso barrido, trastos limpios, flores silvestres en latas que hacían de floreros. Las cortinas, remendadas con paciencia. Era una pobreza ordenada.
Hasta que llegaron a la sala.
Allí, donde debió haber sofá y sillones, estaba el burro. Un pesebre de madera se apoyaba contra una pared. Había mantas dobladas en un rincón, como si se hubiese preparado un lecho junto al animal. En las paredes, fotos viejas: Dolores joven con el burro, abrazándolo por el cuello, sonriendo junto a él en el patio, apoyada en su lomo. En todas las fotografías, había en su gesto un afecto profundo.
Era una parodia grotesca de una vida de familia.
El padre Cristóbal se persignó. Los agentes se miraron de reojo, incómodos. El comisario tragó saliva.
—Doña Dolores… —empezó.
Ella lo interrumpió con un gesto.
—¿Ya vieron? —preguntó—. ¿Ya tienen para contarle a todo Campeche?
No había ironía en su voz. Solo agotamiento.
—Tiene que acompañarnos a la comisaría —dijo Mena al fin—. Hay que hacer un informe. Vendrán médicos. Es un procedimiento.
—¿Puedo cambiarme? —preguntó ella.
Le concedieron un cuarto de hora. Uno de los agentes se quedó delante de la puerta de su dormitorio. Cuando salió, llevaba un vestido azul oscuro que probablemente había sido “el bueno” en otros tiempos: el de las fiestas, el de la misa mayor. Se había peinado, se había puesto un poco de color en la boca. Parecía una novia que va, no a casarse, sino a despedirse del mundo.
Antes de salir, se acercó al burro y le acarició el hocico.
—Cuídenlo —dijo, sin mirar a nadie.
Ninguno respondió.
Para el anochecer, la noticia había corrido por todo Campeche. En las cantinas, los hombres contaban versiones exageradas entre risas y gestos obscenos. En los zaguanes, las mujeres murmuraban con horror fingido y curiosidad real. A cada repetición, la historia sumaba detalles: que Dolores había tenido hijos monstruosos, que practicaba brujería, que el burro hablaba, que había pactos con el diablo.
Era más fácil adornar el relato que enfrentarlo.
En la comisaría, el comisario Mena hizo lo que creyó más prudente. Llamó a un médico local para un examen físico y, a instancias del padre Cristóbal, pidió la presencia de un psiquiatra de Mérida: el doctor Armando Villegas, uno de los pocos especialistas en salud mental disponibles en la región.
Villegas llegó dos días después. Era un hombre de mediana edad, gafas de montura oscura, modales suaves. Había estudiado en la Ciudad de México y traía en la cabeza libros que casi nadie en Campeche conocía.
Durante horas, se sentó frente a Dolores en una sala pequeña, con la ventana enrejada, y le hizo preguntas. Al principio, ella respondía con monosílabos, ensimismada. Poco a poco, el hilo de su vida fue desenrollándose: la juventud en el mercado, Esteban, la tormenta, la culpa que la madre le echó encima como un manto pesado, la enfermedad de la vieja, las noches de cuidar, los días sin nadie con quien hablar, la casa que se iba vaciando de voces y de objetos.
—¿Y el burro? —preguntó el doctor alguna vez, sin morbo.
Dolores miró al suelo.
—Lo compré para ayudarme con la carga —dijo—. Para traer agua, para arar un poco. Después solo se quedó. Le hablaba. Me contestaba con los ojos. No se reía de mí.
No entró en detalles explícitos. Villegas no necesitaba oírlos. Le bastaba leer entre líneas.
Al final de su evaluación, pidió hablar con el comisario en privado.
—Esta mujer ha sufrido una ruptura severa con la realidad —explicó—. Es producto de una depresión prolongada, de un aislamiento extremo. No es una perversa en el sentido que la gente quiere ver. Es una enferma. Necesita tratamiento, no linchamiento.
El comisario asintió, pero sabía que el diagnóstico médico no pesaría tanto como los ojos acusadores del pueblo.
Afuera, la presión crecía. Un grupo de mujeres se reunió frente a la comisaría con pañuelos en la cabeza y rosarios en la mano, exigiendo un castigo ejemplar “para que nuestras hijas aprendan”. Los hombres amenazaban, entre tragos, con ir a buscar “a la loca” y ahorcarla ellos mismos si la autoridad se hacía la sorda.
Trinidad, que había encendido la mecha, se encontró de pronto en el fuego cruzado. Algunos la alababan por su “valor” al denunciar. Otros la miraban con rencor, como si hubiese sido ella quien empujó a Dolores a la cama con el animal. Las frases “pobre”, “puerco” y “interesada” se mezclaban en los corrillos.
Don Sebastián dejó de salir. Se sentía dividido: por un lado, el peso de haber sido testigo de algo que él mismo consideraba aberrante; por otro, la certeza de que había expuesto a una mujer rota al cuchillo de la opinión pública. Se encerró en su hamaca, escuchando las voces en la calle sin asomarse.
El padre Cristóbal fue a ver a Dolores a la celda una tarde. La encontró sentada en el catre, mirando el techo. No se levantó al verlo.
—Hija —empezó—, vengo a ofrecerte consuelo espiritual. Lo que hiciste es un pecado, sí, pero Dios puede perdonar a quien se arrepiente de corazón.
Ella lo miró por primera vez, con una intensidad nueva.
—¿Dónde estaba Dios cuando me quedé sola? —preguntó, sin gritar, pero sin temblar—. ¿Dónde estaba cuando mi madre me decía que Esteban se murió por mi culpa? ¿Cuando nadie más volvió a hablarme? ¿Cuando pasaban frente a mi casa y se hacían los que no me veían?
Cristóbal buscó las frases de siempre: “Los caminos del Señor son misteriosos”, “el sufrimiento es prueba”, “la cruz que se nos da…” Pero las palabras le sonaron huecas en la lengua.
Dolores soltó una risa amarga.
—No me hable del cielo, padre. Si yo me voy a condenar por esto, ¿qué hay de todos los que me dejaron pudrirme aquí? ¿Es menos pecado cerrar los ojos?
El sacerdote tuvo que admitir, para sus adentros, que la comunidad —y él mismo— habían fallado mucho antes de esa noche del burro.
Mientras tanto, el destino del animal se volvió también tema de discusión. Algunos exigían que lo sacrificaran. Decían que estaba “manchado”, que era un instrumento del demonio. Otros, más prácticos, lo veían como un burro sano que podía seguir trabajando. Al final, el ayuntamiento lo vendió discretamente a un campesino de un pueblo alejado, que no sabía la historia completa. Se lo llevó por unas cuantas monedas. El burro desapareció en otro corral, en otro surco, ajeno al escándalo.
El “caso” de Dolores nunca llegó a juicio formal. No había figura clara en el código penal. Los jueces no querían ser recordados como los que sentenciaron a “la mujer del burro” en Campeche. Amparados en el informe del doctor Villegas, las autoridades eligieron la salida más cómoda: declararla incapaz y trasladarla al Hospital Psiquiátrico de Mérida.
A ojos de la comunidad, era un castigo. A ojos de los funcionarios, era una forma de quitar el problema del medio.
El día del traslado amaneció nublado. Dolores subió al vehículo escoltada por dos agentes. Llevaba las muñecas esposadas. Podría haber ido sin cadenas; no representaba peligro. Pero la burocracia trataba igual a todos los que cruzaban esa puerta.
Durante el camino, miró por la ventana los paisajes que dejaba atrás: los campos de henequén, los cascos de haciendas ruinosas, los pueblos donde niños corrían detrás de balones de trapo. Se preguntó si alguien, en unos años, recordaría su nombre. O si solo sería “la loca del burro” en algún cuento malicioso.
El hospital psiquiátrico de Mérida era un edificio de estilo neocolonial, grande, rodeado de muros altos. Dentro, el patio estaba descuidado; la pintura se caía, la maleza crecía entre las losas. El olor a medicamentos, sudor y desinfectante se mezclaba con un fondo rancio difícil de describir.
Dolores fue recibida como una más. Le quitaron su vestido y su pocas pertenencias. Le dieron un uniforme gris sin forma. La instalaron en un pabellón de mujeres donde el tiempo parecía detenido. Algunas pacientes gritaban insultos a nadie, otras se acurrucaban en las esquinas hablando con sombras, otras caminaban en círculos.
Villegas, dentro de lo que podía, se aseguró de que no la ataran ni la sometieran a castigos “para disciplinarla”, tan comunes en esos lugares. Hablaron algunas veces más. Pero los años fueron diluyendo su presencia en el hospital. Nuevos casos, nuevas urgencias, menos visitas.
Según el testimonio de una enfermera que trabajó allí, Dolores se volvió una figura silenciosa, que pasaba largos ratos sentada junto a la ventana, mirando el pedazo de cielo que se colaba entre los barrotes. No se descompensaba, no entraba en crisis. Era como si hubiera aceptado su destino.
La misma enfermera contó, años después, que Dolores pidió trabajar con los animales del hospital. En un área trasera, la institución mantenía algunas vacas, gallinas y cerdos, para leche y huevos. Le permitieron ayudar a alimentar y limpiar. Allí, entre olores de establo y sonidos familiares, la mujer parecía encontrar cierta calma. Les hablaba bajito a las vacas, les acariciaba el lomo, se sentaba junto a ellas como quien se sienta junto a alguien querido. Los animales no le devolvían palabras, pero tampoco le devolvían reproches.
Dolores Cantún murió en octubre de 1985, a los cincuenta y cuatro años. La causa oficial fue una neumonía. Su cuerpo fue enterrado en fosa común en el cementerio municipal. No hubo vela, no hubo familia que reclamara su nombre. Fue una desaparición administrativa, como tantas otras.
En Campeche, para entonces, casi nadie mencionaba ya a La Herradura. La propiedad había sido subastada para pagar deudas. Una familia joven compró el terreno, tiró la casa vieja, levantó otra con paredes de block. El corral fue desmantelado, sus tablas usadas como leña. Los niños jugaban en el patio nuevo, sin saber que allí había vivido y caído una mujer cuyo nombre, en los pocos labios que lo recuerdan, apenas se atreve a pronunciarse.
Trinidad murió de un infarto en 1973. Durante sus últimos años, su fama de chismosa se apagó. Algunas mujeres del barrio le retiraron la confianza; no porque hubieran dejado de criticar a Dolores, sino porque habían visto de cerca el peso de la ruina total. Nadie lo admitió, pero más de una se preguntó si no se le había ido la mano.
Don Sebastián murió en 1982. Su esposa contó que sus últimas palabras fueron un “perdóname” murmurando a alguien que no estaba allí. Nunca quiso decir cuál de todos sus actos pesaba más en su conciencia.
El padre Cristóbal siguió celebrando misa hasta 1976. Quienes lo oyeron antes y después notaron un cambio. Había menos fuego en sus sermones sobre el castigo y más insistencia en la necesidad de acompañar al que sufre. Visitaba más las casas de viejos solos, de viudas olvidadas, de enfermos que nadie quería ver. Cuando rezaba en privado, mencionaba a Dolores por su nombre, no para condenarla, sino para pedir por una comunidad que se había mirado en su pecado y no había querido reconocerse.
La historia de Dolores se convirtió en una especie de leyenda urbana. A veces se contaba en voz baja a las muchachas, como advertencia de los peligros de la soledad y la locura. A veces se usaba como motivo de burla en cantinas. De vez en cuando, algún periódico sacaba un texto sensacionalista, distorsionando los hechos para vender morbo barato.
En casi todas esas versiones, ella aparecía como monstruo. Rara vez como lo que fue: una mujer triturada por la pérdida, por el abandono, por la dureza de una ciudad que se decía cristiana.
Su caso, visto de cerca, no es solo la historia de una relación aberrante con un animal. Es la historia de un colapso mental no atendido, de una soledad densísima frente a la cual nadie pensó que valiera la pena extender la mano. Es la historia de cómo una comunidad prefiere castigar lo que la escandaliza en lugar de preguntarse qué parte tuvo en que ese horror llegara a existir.
A simple vista, la anécdota de “la mujer que tuvo relaciones con un burro” sirve para arrancar risas nerviosas o gestos de asco. Mirada con un poco más de cuidado, se convierte en un espejo incómodo. Nos obliga a preguntar qué hacemos con quienes no encajan, con los que se desmoronan silenciosamente a la vista de todos. Nos obliga a pensar dónde trazamos la frontera entre responsabilidad individual y enfermedad, entre pecado y trastorno, entre justicia y venganza.
Hoy, en el sitio donde estuvo La Herradura, hay una casa limpia, un jardín, quizá una hamaca colgada bajo un árbol. Los niños ríen, los adultos salen y entran con bolsas del mandado, la vida sigue.
Y quizás está bien que así sea. No podemos vivir eternamente mirando hacia las ruinas. Pero también es cierto que algunas historias, como la de Dolores Cantún, siguen ahí, debajo de la tierra removida, preguntándonos en voz baja qué haríamos nosotros si viéramos a alguien hundirse lentamente al lado nuestro.
Si elegimos mirar hacia otro lado. O si, de una vez por todas, nos atrevemos a entender antes de condenar.