¿Qué pasó cuando el vaquero solitario le dijo la mujer giganteTengo sed y no hay agua dame tu propia
La Sed Maldita del Desierto
El sol ardía como un hierro al rojo en el desierto de Arizona. Las sombras de los monolitos rojos se estiraban como dedos acusadores sobre la arena abrasadora. Jack Harland, vaquero curtido por años de soledad y balas perdidas, cabalgaba solo, su caballo exhausto arrastrando las patas. El pasado lo perseguía como un coyote hambriento: había escapado de un tiroteo en Tombstone, dejando atrás cuerpos y promesas rotas. Ahora, con la cantimplora seca y la garganta como papel de lija, la muerte lo acechaba de cerca.
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En el horizonte, surgió una figura imposible: una mujer gigante, al menos tres metros de altura, músculos tallados en granito, vestido negro ceñido como una segunda sombra. Sus ojos, oscuros como pozos sin fondo, lo miraban fijamente. Jack detuvo su caballo, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. ¿Era un espejismo o algo peor, salido de las leyendas apache sobre espíritus vengadores?
La mujer se erguía imponente contra el cielo nublado, cabello largo ondeando como una cascada de ébano. Jack desmontó tambaleante, atraído por una fuerza invisible.
—Estoy sediento y no hay agua. Dame tu propia leche —murmuró, voz ronca, palabras nacidas del delirio y el deseo primitivo.
La gigante lo miró, expresión inescrutable, y con un movimiento fluido que hizo temblar la tierra, se inclinó hacia él. Sus labios se curvaron en una sonrisa que helaba la sangre, revelando dientes afilados como cuchillos.
—¿Mi leche? ¿Estás seguro de lo que pides, vaquero? —susurró, voz retumbando como trueno lejano.
Jack, consumido por el hambre y la sed, asintió. Lo que siguió desafió la razón: ella abrió el vestido, exponiendo un pecho colosal, una gota de líquido blanco perló su piel. Al probarlo, Jack sintió un fuego oscuro invadiendo su alma. La leche era dulce al principio, como miel robada de un panal salvaje, pero pronto se volvió amarga, quemando su lengua como veneno.
Cayó de rodillas, jadeando, mientras visiones lo asaltaban: recuerdos no suyos, tribus antiguas masacradas por hombres blancos, tierras robadas, espíritus despertados. La gigante, Ischel, diosa olvidada de los mayas, exiliada al desierto por conquistadores, lo observaba con furia ancestral.
—Has bebido de mí, mortal. Ahora tu sed será eterna —dijo, su voz resonando en el viento.
Jack intentó desenfundar el revólver, pero sus manos temblaban y el arma se le escapó como arena entre los dedos. El desierto parecía cobrar vida: cactus moviéndose como serpientes, rocas susurrando maldiciones. ¿Era real o el delirio lo había atrapado por completo?
Horas antes, Jack había cruzado la frontera desde México, huyendo de una banda de forajidos liderados por El Rojo, un bandido que juraba venganza. Llevaba un mapa robado que prometía tesoro enterrado en ruinas españolas, pero el desierto no perdonaba a los codiciosos. Su caballo, Sadou, colapsó bajo el sol, obligándolo a caminar. Fue entonces cuando vio la silueta gigante.
Al acercarse, notó detalles inquietantes: sus pies flotaban sobre la arena, su piel emanaba un calor ajeno al sol. —¿Quién… qué eres? —balbuceó Jack. La mujer solo sonrió, extendiendo una mano del tamaño de una silla de montar. El acto de beber de ella fue como firmar un pacto con el diablo.
El líquido entró en su cuerpo como un río de lava, expandiéndose por sus venas. Jack sintió su fuerza multiplicarse: músculos hinchados, ojos agudos viendo detalles invisibles. Pero con el poder vino el horror: voces en su cabeza gritando en lenguas antiguas, náhuatl, apache, español colonial.

—¡Eres mío ahora! —susurró Ischel, aliento a flores marchitas y sangre seca.
Jack se levantó más alto de lo normal, su sombrero cayendo al suelo. Miró sus manos: venas negras palpitaban bajo la piel. Intentó huir, pero sus piernas lo llevaban de vuelta a ella como marioneta atada a hilos invisibles.
El suspense crecía con cada paso. Ischel reveló su historia en fragmentos mientras el sol teñía el cielo de rojo sangre. Era guardiana de los antiguos, maldecida por un brujo español para vagar eternamente, alimentándose de la codicia de los hombres.
—Muchos han venido antes que tú, vaquero. Pistoleros, mineros, ladrones. Todos pagaron el precio.
Jack recordó leyendas oídas en cantinas mexicanas: la mujer gigante del desierto que concedía deseos a cambio de almas. Pero él no había pedido un deseo, solo sed. O tal vez sí, en lo profundo anhelaba poder para vengarse de El Rojo.
De repente, un disparo resonó en la distancia. Jinetes aparecieron en el horizonte, la banda de El Rojo rastreándolo con perros salvajes.
—¡Ahí está el traidor! —gritó el líder, hombre de cicatrices y ojo de vidrio.
Jack, empoderado por la leche de Ischel, sintió rabia sobrenatural. Cargó contra ellos, puños como martillos. Golpeó al primero, rompiéndole el cuello de un solo impacto. Las balas rebotaban en su piel endurecida.
—¿Qué demonios es esto? —aulló El Rojo disparando su Winchester.
Jack lo levantó como a un niño y lo aplastó contra una roca. La sangre salpicó la arena, pero en lugar de victoria, Jack sintió vacío. Ischel observaba, riendo suavemente.
—Bien, mi nuevo sirviente. Ahora trae más almas para mí.
El terror se intensificó al caer la noche. Estrellas parpadeaban como ojos acusadores, el viento llevaba lamentos de fantasmas. Jack intentó resistir, pero el lazo era inquebrantable. Ischel lo obligó a caminar hacia un cañón oculto donde ruinas antiguas se erguían como esqueletos.
Allí reveló su verdadero plan: usar su esencia para resucitar un ejército de espíritus vengadores. —Tú serás mi campeón, vaquero. Bebiste de mí y ahora tu sed alimentará la revolución.
Jack vio visiones de masacres, pueblos arrasados, ríos de sangre fluyendo por el desierto. Intentó gritar, pero su voz era la de ella, eco de un dios furioso.
Un giro impactante: Jack encontró un crucifijo de plata en su bolsillo, reliquia de su madre mexicana, devota de la Virgen de Guadalupe. Lo empuñó como arma, clavándolo en el brazo de Ischel. Ella chilló, sonido que hizo temblar las montañas; por un momento su forma gigante flaqueó, revelando una mujer normal marcada por cicatrices de tortura.
—¿Quién eres realmente? —exigió Jack.
Ischel confesó: no era diosa, sino bruja escapada de la Inquisición, mutada por pociones alquímicas. Su leche era elixir esclavizante, creado para vengarse de los hombres que la habían quemado viva. Pero el crucifijo la debilitaba, rompiendo el hechizo.
La batalla final fue un torbellino de suspense. Ischel creció aún más, músculos como montañas, lanzando rocas que Jack esquivaba con agilidad sobrenatural. Él disparó su revólver, balas encantadas por el elixir perforando su piel.
—No puedes matarme, soy eterna —rugió ella.
Pero Jack, recordando oraciones de su infancia en Sonora, recitó un salmo en español, invocando protección divina. Ischel se retorció, su cuerpo disolviéndose en arena negra que el viento arrastró. Jack cayó exhausto, la sed regresando, pero libre al fin.
Amaneció y el desierto estaba en silencio. Jack montó su caballo, milagrosamente revivido, cabalgando hacia México, donde las leyendas se mezclan con la realidad. Pero en su mente un susurro persistía: aún estaba sediento. Miró atrás y juró ver una sombra gigante en el horizonte.
La sed nunca se iba del todo. Era el precio de desafiar lo desconocido. Y en las noches solitarias se preguntaba si Ischel realmente había muerto o si esperaba en las sombras, lista para otro alma codiciosa.