Tomarás Cada Centímetro Hasta Que No Puedas Caminar El Gigante Cowboy Le Dijo la Hija Virgen del…
La Leyenda del Toro y la Hija del Predicador
En el polvoriento pueblo de San, donde el sol abrasaba la tierra como el fuego del infierno, vivía María, la hija del predicador. Tenía diecinueve años, pura como el agua de un manantial, con ojos oscuros llenos de miedo y sueños prohibidos. Su padre, el reverendo Tomás, era un hombre de sermones ardientes y manos duras, decidido a proteger la inocencia de su hija a cualquier precio.
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Pero el destino, caprichoso y cruel, llegó una noche cabalgando sobre un caballo negro. El Toro, un forajido legendario de dos metros de músculo y barba espesa, irrumpió en el pueblo huyendo de una banda de cazarecompensas. Herido y furioso, encontró refugio en el establo detrás de la iglesia, donde María, temblorosa, rezaba bajo la sombra de los santos.
El encuentro fue brutal y apasionado. El Toro, con voz grave y mirada ardiente, la acorraló, prometiéndole que la tomaría hasta que no pudiera caminar. María, aterrada y fascinada, sintió cómo el gigante la levantaba como una pluma, su aliento caliente en el cuello, el olor a sudor y cuero mezclándose con el incienso de la iglesia.
Mientras el pueblo dormía bajo la luna llena, el aire en el establo se cargaba de tensión. El Toro rasgó el vestido de María, revelando su piel blanca bajo la luz tenue. Nunca había sentido el toque de un hombre, pero el forajido no pedía permiso. Sus dedos callosos recorrieron su cuerpo, despertando un fuego que ni los sermones de su padre pudieron apagar.
El clímax de la noche llegó cuando el reverendo Tomás, pistola en mano, irrumpió en el establo, dispuesto a matar al hombre que amenazaba la pureza de su hija. Pero el Toro, rápido y letal, lo derribó de un solo golpe, dejando a María atrapada entre el terror y una extraña excitación.

La pasión entre María y el Toro fue salvaje, una mezcla de dolor y placer que la transformó para siempre. Afuera, los cazarecompensas acechaban, pero dentro, el mundo se reducía a ellos dos. El Toro la amó como prometió, cada centímetro suyo, cada gemido una declaración de libertad.
Cuando la batalla estalló, María, ya marcada por el pecado y el deseo, tomó la pistola de su padre y luchó junto al Toro, disparando con precisión aprendida. Al final, el pueblo quedó en silencio, los cuerpos de los cazarecompensas yaciendo en la calle, y el reverendo derrotado, maldiciendo el nombre del forajido.
El Toro y María huyeron juntos hacia el horizonte, encontrando refugio en una cabaña abandonada en las montañas. Allí, el amor se volvió más tierno, pero igual de apasionado. Cada noche era una promesa cumplida, cada caricia una rebelión contra el pasado.
El reverendo, consumido por el odio, los persiguió con una nueva banda, pero fue derrotado una vez más, su último aliento una maldición que María ignoró. Ella había encontrado su verdad en los brazos del Toro, lejos de la opresión y el miedo.
Así, la hija del predicador y el cowboy gigante se convirtieron en leyendas, viviendo en pecado y libertad en el salvaje oeste, sus nombres susurrados por el viento y recordados en cada amanecer.