NADIE QUERÍA CUIDAR A LA MILLONARIA TETRAPLÉJICA… HASTA QUE APARECIÓ UN REPARTIDOR POBRE

NADIE QUERÍA CUIDAR A LA MILLONARIA TETRAPLÉJICA… HASTA QUE APARECIÓ UN REPARTIDOR POBRE

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“Nadie quería cuidar a la millonaria tetrapléjica… hasta que apareció un repartidor pobre”

Cuando el anuncio de empleo prometía sueldo doble para cuidar a una paciente especial, decenas de candidatos se presentaron en la elegante residencia. Uno por uno, todos salían corriendo tras pocos minutos con la mujer que los recibía a gritos y con las ofensas más pesadas. Fue exactamente en ese momento que Javier Mendoza estacionó su motocicleta frente al portón imponente.

Él había llegado solo para entregar un pedido de comida, pero por la ventana observó a otro cuidador saliendo apresuradamente de la casa, moviendo la cabeza en desesperación. La curiosidad se apoderó de él cuando escuchó a la empleada comentar con el portero que ya era el décimo candidato en esa semana.

La mujer en cuestión se llamaba Adriana Villarreal, una empresaria de 50 años que había perdido todos los movimientos del cuello hacia abajo tras un grave accidente de carro hacía dos años. Su fama en la región era terrible. Nadie lograba trabajar con ella por más de unos pocos días. Los gritos resonaban por la residencia Villarreal, mientras ella expulsaba a profesionales calificados con insultos sobre clase social, apariencia física y competencia profesional.

Javier observó por la reja mientras esperaba que alguien recibiera la entrega. A los 35 años, él trabajaba como repartidor desde hacía 4 años, desde que perdió el empleo en la industria de la construcción. La vida no había sido fácil; sostenía a su madre viuda que sufría de diabetes y necesitaba medicamentos caros, además de ayudar a su hermana menor con los estudios universitarios.

Cuando la empleada finalmente apareció en el portón, Javier no pudo contenerse.

—Disculpe la curiosidad, señora, pero esa gente que estaba saliendo era para trabajar aquí en la casa.

La mujer de mediana edad, que se presentó como Socorro, suspiró pesadamente.

—Eran candidatos para cuidar de la patrona, pero nadie aguanta ni un día completo. La pobrecita está muy resentida con su situación.

—¿Y qué tipo de cuidado necesita?

—De todo, hijo. Alimentación, higiene, medicamentos. Ella no puede mover nada del cuello hacia abajo, pero el temperamento está imposible desde el accidente.

Javier entregó el pedido, pero algo dentro de él no podía olvidar la conversación. De regreso a casa, pasó nuevamente frente a la residencia Villarreal y vio otro carro saliendo rápidamente. Eran más de las 8 de la noche y un nuevo intento había fracasado.

Esa noche, conversó con su madre sobre la situación financiera apretada de la familia.

—Mamá, los medicamentos están cada vez más caros y la motocicleta necesita reparación urgente. Si no consigo un ingreso extra, no sé cómo vamos a hacer.

Doña Mercedes Mendoza, una señora de 68 años, tomó la mano de su hijo.

—Hijo mío, tú ya haces mucho por nosotros. Dios va a abrir una puerta, puedes estar seguro.

Fue entonces que Javier tomó una decisión que cambiaría completamente su vida.

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