Un Joven Vaquero Quedó Atrapado Con Una Novia Apache — Esa Noche Cambió La Historia

Un Joven Vaquero Quedó Atrapado Con Una Novia Apache — Esa Noche Cambió La Historia

🏜️ Balas y Besos: El Juramento del Cañón del Cobre

Capítulo 1: El Cañón y el Destino

El sol se hundía tras los picos de la Sierra Madre como una brasa que se apaga, tiñendo de sangre las rocas del Cañón del Cobre. El aire olía a pino quemado y a polvo de camino viejo. Allí, encajonado entre paredes de piedra roja, yacía el joven vaquero Jack “Cuchilloma” McAlister, con la pierna derecha rota como un palo seco y la sangre empapando su bota.

A su lado, sentada sobre una piedra plana, lo miraba con ojos negros como obsidiana la muchacha apache que todos en la tribu llamaban Nissoni, “La Bella”.

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Habían llegado a ese rincón del mundo por caminos distintos y a la vez idénticos: la violencia. Jack perseguía a tres cuatreros que le robaron cien cabezas de ganado. Nissoni huía de su propia boda arreglada con el guerrero Tzei, hijo del jefe Nakai. Ella no quería ser la tercera esposa de un hombre que olía a grasa de oso y a orgullo.

En la confusión de una emboscada, los cuatreros y los apaches se encontraron. Las balas silbaron, los caballos relincharon, y cuando el humo se disipó, solo quedaban Jack herido y Nissoni escondida tras un mezquite, con el cuchillo de su abuelo en la mano.

Ahora estaban solos. Nadie volvería por ellos antes de la luna nueva. Con una pierna rota y sin agua, Jack sabía que era hombre muerto. Nissoni sabía que si regresaba sola, Tzei la reclamaría de todos modos y la golpearía hasta que aceptara. El destino los había atado con la misma soga.

Capítulo 2: El Precio de la Supervivencia

 

—Gringo —dijo ella en español mestizo, con la voz ronca—. Si te mato ahora, nadie me culpará. Tu gente dirá que fue un apache cualquiera. La mía dirá que defendí mi honor.

Jack apoyó la espalda contra la pared del cañón. El sudor le corría por la frente.

—Mátame si quieres, pero primero ayúdame a entablillar esta pierna. Si muero de fiebre, tu honor quedará igual de limpio y yo al menos habré muerto como hombre.

Nissoni lo observó. Luego se levantó, cortó dos ramas rectas de ocote con su cuchillo y desgarró la falda de cuero para hacer vendas. Trabajó en silencio, con manos firmes. Cuando terminó, Jack tenía la pierna tiesa, pero el hueso ya no se movía.

—Gracias —murmuró él.

—No lo hice por ti —respondió ella—. Lo hice por mí. Si te mueres aquí, tu cadáver apestará y atraerá pumas. Prefiero que vivas por ahora.

La noche cayó de golpe. El frío del desierto se coló entre las rocas. Nissoni encendió una pequeña fogata y sacó carne seca y agua de maguey. Comieron en silencio mirando las llamas.

—¿Por qué huías? —preguntó Jack al fin.

Nissoni apretó los labios. —Tzei mató a mi hermano mayor hace dos lunas. Dijo que fue un accidente. Mi padre, el jefe Nakai, lo creyó. Para sellar la paz, me prometió a él. Pero yo vi la flecha, era de Tzei. Quiero venganza, no matrimonio.

Jack asintió. Él también conocía la sed de sangre.

—Los cuatreros que mataron a mis vacas, uno de ellos era mi primo Tom. Lo vi caer con una flecha en el cuello. No sentí nada, solo alivio. A veces la familia es la primera cadena que hay que romper.

Capítulo 3: El Agua de Peyote

 

Se miraron. Por primera vez la barrera del idioma y la sangre se resquebrajó.

Nissoni sacó de su bolsa un pequeño frasco de barro. —Agua de peyote. Mi abuela la preparó para mi noche de bodas. Bebe. Te quitará el dolor y tal vez te muestre el camino.

Jack bebió. Pronto el mundo empezó a girar. Las estrellas se convirtieron en ojos de coyotes. Oyó tambores lejanos. Vio a su madre muerta. Vio a Tom muriendo. Y vio a Nissoni danzando desnuda bajo la luna.

Cuando despertó, Nissoni dormía acurrucada a su lado, su aliento cálido en el cuello del vaquero. Jack sintió una urgencia nueva: protegerla, protegerse mutuamente.

Al amanecer, ella escaló la pared y regresó con dos lagartijas y un puñado de tunas. Comieron.

—Hay una salida por el este —dijo ella—. Pero pasa por el campamento de Tzei. Si nos ven, nos matarán a los dos. Tú por gringo, yo por traidora.

Jack se apoyó en un palo que usaba de muleta. —Entonces, los mataremos primero.

Nissoni sonrió. Era la primera vez que Jack la veía sonreír y fue como si el cañón entero se iluminara.

Capítulo 4: Alianza de Fuego y Carne

 

Durante el día se escondieron en una cueva. Jack limpió su revólver Colt; solo quedaban cinco balas. Nissoni afiló su cuchillo y preparó flechas. Al atardecer, él le enseñó a disparar. Su tercer tiro dio en el centro de un nopal a treinta pasos.

—Tu mano no tiembla —dijo Jack.

—La venganza es buena maestra —respondió ella.

La segunda noche fue más fría. Se acurrucaron bajo una manta apache. Jack sintió el cuerpo de Nissoni contra el suyo, caliente y vivo. Ella puso la mano sobre su pecho.

—¿Sientes eso? —susurró—. Late fuerte como tambor de guerra.

Jack besó su frente. Ella no se apartó. Se besaron en la boca con sabor a humo y a tunas. Las manos de él recorrieron la espalda de ella, las cicatrices de batallas infantiles. Las manos de ella exploraron la herida de bala vieja en el hombro de él. No era amor, era alianza sellada con carne y fuego.

Capítulo 5: Venganza y Frontera

 

Al tercer día emprendieron la marcha. Jack cojeaba, apoyado en Nissoni. Subieron por un sendero de cabras que solo los apaches conocían.

Al mediodía llegaron a un mirador. Abajo, en un claro junto al río, estaba el campamento de Tzei. Doce hombres armados.

—Doce contra dos —corrigió Nissoni—. Doce contra dos que no tienen nada que perder.

Esperaron la noche. Nissoni se pintó la cara de negro con carbón. Jack se cubrió con la manta apache. Bajaron sigilosos como fantasmas.

Primero cortaron las cuerdas de los caballos, creando caos. Luego Nissoni disparó la primera flecha; atravesó la garganta del centinela. Jack disparó su revólver; el segundo guardia cayó.

Tzei rugió órdenes. Jack y Nissoni se metieron entre los tipis. Ella lanzó una tea encendida; el fuego se propagó rápido. En el humo, Jack vio a Tzei correr hacia él con una lanza. Disparó dos veces. La segunda bala le voló la rodilla.

Tzei cayó gritando. Nissoni se plantó frente a él, cuchillo en alto.

Esto es por mi hermano —dijo, y le cortó la garganta.

El campamento ardía. Jack y Nissoni tomaron dos caballos y cabalgaron hacia el norte. Detrás quedaban llamas y gritos. Delante, la frontera.

Cruzaron el Bravo al amanecer. En El Paso, Texas, Jack vendió los caballos y compró un carro. Nissoni se cortó el cabello corto y se vistió de vaquera. Nadie preguntó.

Se casaron ante un juez borracho. Jack firmó: Jack McAlister. Ella: Nissoni McAlister. El anillo fue una bala de plata fundida.

Años después, en un rancho cerca de Alpine, contaban la historia a sus hijos morenos y rubios. Decían que aquella noche en el cañón, el desierto les dio una segunda oportunidad.

Y cuando los viejos rancheros preguntaban cómo un gringo y una india habían sobrevivido, Jack solo sonreía y decía: —Esa noche el desierto nos dio una segunda oportunidad y nosotros la tomamos con balas y besos.

Nissoni, sentada en el porche con su rifle a un lado, añadía: —Y con venganza. Nunca olviden la venganza.

Los niños reían. El viento traía olor a pino y a recuerdos. Y en el cielo las estrellas seguían siendo ojos de coyotes, pero ahora vigilaban un hogar.

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