El número 100: El día que Sofía dejó de ser víctima

El número 100: El día que Sofía dejó de ser víctima

El sonido seco del cinturón de cuero golpeando la mesa de caoba cortó el silencio de la biblioteca como un disparo. “99”, murmuró Rodrigo, con esa voz tranquila y cruel que me hacía temblar. Enrolló el cinturón en su mano, como quien prepara el último acto. Ese fue el error número 99. Me miró, sus ojos de hielo clavados en mí. “Sofía, ¿sabes lo que pasa cuando llegamos a 100?”

Yo estaba en el suelo, abrazando mi vientre de siete meses, tratando de hacerme invisible. El dolor en la espalda era agudo, pero el miedo por mi bebé me paralizaba más que los golpes. Aprendí hace tiempo que gritar solo lo excitaba. “Lo siento, Rodrigo”, susurré. “Solo se me cayó la sal. Fue un accidente.”
“En esta casa no hay accidentes”, replicó, acechando como un depredador. “En la casa de Rodrigo Montalvo, el empresario del año, todo es perfecto. Y tú eres la única imperfección.”

Me obligó a mirarlo. Sus ojos, que alguna vez creí celestiales, ahora eran dos abismos. “Te doy lujo, te doy techo, y tú me pagas tirando la sal.” Me soltó con desprecio. “Levántate. Tenemos gala esta noche. Maquíllate los moretones. Si alguien nota algo, llegaremos al número 100. Y te prometo, Sofía, el número 100 será el último.”

Cerró la puerta suavemente, dejándome temblando. Rodrigo pensaba que yo estaba sola, que era la huérfana sin familia que dependía de él. Me aisló por dos años, cortó mi teléfono, mi internet, mi contacto con el mundo. Me convenció de que nadie me quería. Pero Rodrigo cometió un error de cálculo. No sabía que mi silencio era una estrategia de supervivencia. Y mucho menos, que hace una hora, mientras él se duchaba, encontré un viejo móvil prepago y llamé a mi padre: Don Armando Castillo, el hombre más poderoso del país.

Mi padre no estaba muerto. Estaba furioso. Y venía en camino.

Antes de contarte cómo la noche de la gala se convirtió en el escenario de la venganza más épica, te pido un favor: si estás en contra de la violencia doméstica, da like y suscríbete. Lo que Don Armando va a hacerle a Rodrigo te hará creer en la justicia divina.

Me maquillé, cubrí la verdad bajo capas de base, me puse el vestido verde que Rodrigo eligió. Bajé las escaleras, él me esperaba impecable en su smoking. “Sonríe. Esta noche voy a cerrar el trato con el grupo Castillo. Si todo sale bien, triplicaré mi fortuna. Y quizás te perdone el número 100.”
La ironía era tan grande que casi me río. Subimos a la limusina, el trayecto fue silencioso. Llegamos al hotel imperial, prensa, flashes, preguntas. Rodrigo me tomó del brazo, apretando justo donde tenía un moretón, y sonrió a las cámaras. “Mi hermosa esposa y yo, esperando nuestro primer hijo. Todo es una bendición.”

Entramos al salón de baile. La élite nos rodeaba. Rodrigo se pavoneaba como rey. Señaló al fondo: “Ahí está el representante del grupo Castillo. Tengo que ir a impresionarlo. Tú quédate aquí. No hables, no comas. Si me avergüenzas, recuerda el número 100.”

Me quedé sola junto a una columna. Un mesero se acercó, pero no era un mesero cualquiera. “Beba, señora. Su padre está en el edificio. El perímetro está asegurado. Espere la señal.” El corazón me dio un vuelco. Vi a Rodrigo riendo con ejecutivos, seguro, intocable. De repente, cruzó su mirada conmigo, su sonrisa se borró. Me llamó con un gesto imperceptible.

Caminé hacia él, sintiendo todas las miradas. “Señores”, dijo, “les presento a Sofía, mi esposa.” Me ordenó buscarle champán. “Me duele la espalda”, susurré. Su máscara cayó un instante, sus ojos destellaron con furia. “Estamos en el 99, Sofía, no me tientes.”

Fui a la barra, pero mis piernas fallaron. Tropecé, tiré una torre de copas. El estruendo paralizó el salón. Rodrigo, cegado por la ira, me levantó a la fuerza y me abofeteó delante de todos. “100”, gritó. “Esa fue la número 100.”

El silencio era absoluto. Nadie se movía. Yo estaba en el suelo, sangrando. Rodrigo intentó justificarlo, pero en ese momento las puertas se abrieron. Una falange de hombres armados entró, seguidos por Don Armando Castillo. Su presencia eclipsó a todos.

Don Armando ignoró a Rodrigo, se agachó a mi lado. “Hija mía”, susurró. “Perdóname por tardar.” Me ayudó a levantarme, luego enfrentó a Rodrigo. “Tu empresa tiene una deuda de 40 millones. Hace diez minutos la compré. Ahora eres insolvente. Tus activos, congelados. Tus cuentas, cerradas. Tu mansión, embargada. Todo mientras te vestías para golpear a mi hija.”

Rodrigo intentó negociar, jugar la carta de ser el padre de mi hijo. “Perdiste tus derechos en el golpe número uno. En el golpe número 100 firmaste tu sentencia.”
Don Armando mostró un video en la pantalla gigante: Rodrigo golpeándome, su conteo, su brutalidad. El video se transmitía en vivo a todo el país. La policía llegó. “Te pudrirás en una celda donde nadie sepa tu nombre.”

Rodrigo intentó huir, pero fue detenido. Me levanté, me limpié la sangre y le dejé el anillo de matrimonio en la cara. “Tienes razón, fue el último día que tuviste poder sobre mí. Papá, saca la basura.”

Rodrigo fue condenado a 40 años de prisión. Mi padre donó sus bienes a fundaciones para mujeres maltratadas. Yo regresé a casa, di a luz a Gabriel, rodeada de amor y seguridad. Aprendí que mi fuerza no estaba en aguantar golpes, sino en pedir ayuda. Ahora dirijo la Fundación Castillo y ayudo a otras mujeres a salir de sus jaulas doradas.

Cada vez que veo a una mujer recuperar su sonrisa, sé que el número 100 no fue mi final, sino mi comienzo.

Gracias por escuchar mi historia. Si sentiste satisfacción al ver caer a un monstruo, escribe “justicia divina” en los comentarios. Y recuerda, nunca estás sola. Siempre hay alguien esperando tu llamada para venir a salvarte.

No olvides compartir y suscribirte. Nos vemos en la próxima historia de poder y redención.

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