Necesito hacer el amor, no te muevas — La viuda gigante dijo al ranchero y lo que el hizo sorprendió
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La Viuda Gigante y El Ranchero: Un Encuentro de Coraje y Deseo
Era un día caluroso de verano en las vastas tierras de Wyoming, en el pequeño pueblo de Redemption Flats, donde el sol ardía inclemente sobre las tierras secas y polvorientas. El aire estaba quieto, solo interrumpido por el suave crujir de la madera y el sonido del martillo golpeando el hierro en la herrería de Gema. La viuda gigante, como la llamaban en el pueblo, era conocida por su imponente altura y su fortaleza. Nadie se atrevía a acercarse demasiado a ella. Después de la muerte de su esposo Silas, un hombre de gran corazón que la había amado tal como era, Gema se sumió en una profunda soledad. Se dedicó a trabajar en su herrería, martillando el hierro hasta que sus manos sangraban, porque si se detenía, el dolor del vacío en su corazón la habría devorado por completo.
Era una mujer fuerte, demasiado fuerte para la mayoría de los hombres. Había aprendido desde joven que el mundo no estaba hecho para mujeres como ella, demasiado alta, demasiado imponente, demasiado diferente. Pero Silas la había aceptado, la había llamado su “magnífica montaña” y la había amado con todo su ser. Cuando él murió, Gema creyó que ese tipo de amor también había muerto con él.
18 meses pasaron desde la muerte de Silas, y Gema aún no había podido sobreponerse. La herrería se había convertido en su refugio, su único lugar donde se sentía algo de consuelo. Pero todo cambió el día en que Pedro, un ranchero solitario que vivía en los alrededores, entró en su vida de una manera que nunca habría imaginado.

Pedro era un hombre de 38 años, marcado por el sufrimiento. Su esposa Sara había muerto años antes durante el parto de su hijo, que nunca vio la luz del día. La tristeza y el dolor se reflejaban en cada línea de su rostro, y aunque su rancho estaba en decadencia, Pedro continuaba trabajando en él, sobreviviendo más que viviendo. En su alma se había instalado un vacío profundo, un hueco que nada parecía poder llenar. No esperaba encontrar consuelo ni compañía. Hasta que un día, su caballo perdió una herradura a dos millas de su casa.
Pedro cabalgó hacia la herrería de Gema, cubierto de polvo, su sombrero en mano. A pesar de ser un hombre más pequeño que muchos de los hombres del pueblo, se mantenía firme, con un aire de humildad que lo hacía aún más respetable. Cuando entró en la herrería, vio a Gema trabajando con su martillo, su mirada fija en el hierro que estaba moldeando. Pedro nunca había visto a una mujer tan fuerte, tan decidida, tan intensa. A medida que se acercaba, Gema levantó la vista y sus ojos se encontraron. No fue la clavícula de Gema lo que Pedro observó, como habría hecho cualquier otro hombre, sino sus ojos, profundos y llenos de una tristeza silenciosa que le hizo sentir algo que no había sentido en años: un impulso, una necesidad de comprenderla, de acercarse a ella.
“Escuché que eres la mejor herrera entre aquí y Cheyenne”, dijo Pedro con voz suave pero firme. Su respeto por ella era evidente en sus palabras, y eso hizo que Gema sintiera algo en su pecho, algo que había estado enterrado durante tanto tiempo.
“Sí, oíste bien”, respondió Gema, secándose las manos manchadas de óxido en su delantal de cuero. Sin pensarlo demasiado, comenzó a trabajar en la herradura del caballo de Pedro mientras él lo observaba con atención, murmurando palabras de calma al animal. La forma en que Pedro hablaba con el caballo, con tanta dulzura y paciencia, hizo que Gema lo mirara de nuevo.
“Me gustan los animales”, dijo Pedro, como si fuera algo obvio. “Son mejor compañía que las personas”, agregó con una sonrisa suave.
Pero lo que Pedro no sabía era que sus palabras tocarían un punto sensible en el corazón de Gema. Ella había aprendido a no confiar en los hombres, a no dejar que se acercaran demasiado, temiendo que su fuerza fuera vista como una amenaza. Pero Pedro no retrocedió, no la miraba como todos los demás. Él la miraba directamente a los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, Gema sintió que alguien la veía por lo que realmente era: una mujer fuerte, sí, pero también vulnerable, humana.
“¿Vas a quedarte mucho tiempo?”, preguntó Gema, sorprendida por la curiosidad que sentía hacia este hombre que parecía conocer algo de ella que otros no lograban ver.
“Solo lo suficiente para arreglar la herradura”, respondió Pedro, y luego, en un susurro, agregó: “Y tal vez un poco más”.