Durante más de diez años, Manuel Herrera había conducido el autobús escolar 27B por las mismas calles del barrio de San Vicente. Conocía cada curva, cada bache y, por supuesto, a cada niño que subía cada mañana. Pero desde hacía dos semanas, había algo que no lograba sacarse de la cabeza: la pequeña Lucía, una niña de siete años, siempre se sentaba en el mismo lugar, el asiento del medio del lado derecho… y siempre lloraba.

Al principio, Manuel pensó que tal vez Lucía tenía miedo de ir a la escuela o que había tenido algún problema con sus compañeros. Sin embargo, cada día que pasaba, la preocupación crecía en su corazón. Lucía subía al autobús con la cabeza baja, saludaba en voz bajita y se acomodaba en su asiento. Apenas el autobús arrancaba, las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
Manuel intentó hablar con ella varias veces, preguntándole si estaba bien o si necesitaba algo, pero Lucía siempre respondía con un tímido “estoy bien, gracias”. Los demás niños parecían no notar el llanto de Lucía, ocupados en sus propias conversaciones y juegos.
Una tarde, después de dejar a todos los niños en sus casas, Manuel decidió revisar el asiento donde Lucía se sentaba. Algo en su intuición le decía que debía buscar una explicación. Se acercó al asiento y, al mirar debajo, se quedó sin aliento.
Debajo del asiento, cuidadosamente escondida, había una pequeña caja de madera. Manuel la sacó con cuidado y la abrió. Dentro encontró una carta y varios objetos: una foto de una mujer joven, un peluche desgastado y una pulsera de cuentas de colores. La carta estaba dirigida a Lucía y, aunque la caligrafía era infantil, el mensaje era claro:
“Querida Lucía, aunque no pueda estar contigo todos los días, quiero que sepas que te amo mucho. Esta cajita es nuestro pequeño secreto. Cuando te sientas triste, recuerda que mamá siempre está cerca de tu corazón. Sé fuerte y nunca dejes de sonreír. Con amor, Mamá.”
Manuel sintió una profunda tristeza y comprensión. Recordó que hacía un año, la madre de Lucía había fallecido en un accidente, y desde entonces la niña vivía con sus abuelos. Nadie había mencionado la cajita ni el ritual de Lucía, pero ahora todo tenía sentido.
Al día siguiente, Manuel decidió hacer algo especial. Antes de que Lucía subiera al autobús, colocó una pequeña flor junto a la cajita y dejó una nota: “Lucía, tu mamá siempre estará contigo, y aquí en el autobús también tienes amigos que te quieren.”
Cuando Lucía subió y vio la flor y la nota, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no de tristeza, sino de emoción. Miró a Manuel, quien le sonrió cálidamente. A partir de ese día, Lucía poco a poco dejó de llorar. Empezó a conversar con los demás niños y a sonreír más seguido.
Manuel siguió conduciendo el autobús, pero nunca olvidó el poder de un pequeño gesto de cariño. Y Lucía, gracias al apoyo de quienes la rodeaban, aprendió que el amor de una madre puede seguir vivo en el corazón y en los recuerdos, incluso cuando parece que todo está perdido.