La esclava fue contratada para bañar al príncipe mimado y, al desnudarlo, quedó impactada con lo…
En el corazón del puerto de San Gabriel en 1824, una joven esclava llamada Isidora fue llamada al palacio para cumplir una tarea tan extraña como peligrosa, bañar al príncipe Alejandro, famoso por su arrogancia y por humillar a todo aquel que se le acercara.
Nadie entendía por qué él la había escogido y mucho menos lo que ella descubriría al quitarle la ropa. Lo que sus ojos verían no solo cambiaría su destino, sino que revelaría un secreto tan profundo y perturbador que Alejandro había jurado ocultar para siempre, hasta que ella, sin saberlo, derribó todas sus defensas. Antes de comenzar el videode, dime, ¿desde qué lugar del mundo me escuchas? Año 1824.
Puerto de San Gabriel. Un puerto escondido entre montañas verdes y un mar que ruge con voz antigua. El aire huele a sal, a madera húmeda y a promesas rotas. El amanecer no es suave, es dorado y ardiente, como si el sol quisiera imponerse sobre la neblina que se aferra a las callejuelas empedradas. En una loma que domina la bahía se levanta el palacio de Montemayor.

Sus muros de piedra oscura parecen beber la luz de la mañana. Ventanas altas enmarcadas por cortinas pesadas. El silencio allí no es paz, es vigilancia. Dentro los pasos resuenan como ecos de un tiempo que no perdona. Y Sidora camina con la cabeza erguida.
Su piel morena brilla con un ligero sudor, no de cansancio, sino del calor sofocante que se cuela incluso por los corredores de piedra. Tiene los hombros rectos, las manos firmes. Lleva un vestido sencillo de lino gastado, el mismo que usa para trabajar, pero limpio, planchado con cuidado la noche anterior. Sus pies descalzos sienten la frialdad del suelo y con cada paso oye el latido de su propio corazón.
No sabe por qué fue llamada, pero el rumor se esparció rápido. El príncipe Alejandro la había pedido personalmente. Las otras sirvientas la miraron con una mezcla de envidia y lástima. No era un secreto que el príncipe era difícil, exigente, orgulloso, conocido por humillar a quienes lo atendían. Y ahora Isidora estaba allí avanzando hacia sus aposentos con la orden de preparar su baño.
Una puerta doble de madera tallada con escenas de cacería se abre lentamente. El aroma a cera derretida y a incienso la envuelve. Dentro la luz es cálida, dorada, proveniente de un candelabro alto y de varias velas distribuidas por la estancia. Las sombras bailan sobre las paredes como si quisieran ocultar secretos.
Y entonces lo ve el príncipe Alejandro de Montemayor, sentado en una silla de ruedas ornamentada, de madera oscura y brazos tallados. El respaldo alto le da un aire de trono, pero no es el trono lo que impone respeto, es él. Su torso está descubierto. La piel clara tensada sobre músculos firmes brilla bajo la luz de las velas. Su mirada no es la que Isidora esperaba.
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