Elena Suárez mantenía la mirada fija en el suelo mientras atravesaba los abarrotados pasillos del Instituto San Rafael.
Con 17 años, era la chica nueva otra vez. Este era su cuarto instituto en cinco años debido a la carrera diplomática de su madre.
Cada mudanza significaba volver a empezar: aprender nuevos rostros, nuevas reglas, nuevas jerarquías sociales.
Con su metro sesenta y cinco, complexión delgada, cabello negro lacio que siempre parecía rebelde y lentes de montura fina que ocultaban sus ojos color ámbar, Elena no destacaba especialmente entre la multitud.
Y así es como ella lo prefería, generalmente.
Lo que nadie en San Rafael sabía —lo que nadie en ninguno de sus institutos anteriores había sabido al principio— era que Elena llevaba entrenando en artes marciales mixtas desde los ocho años.
Su madre, una excampeona olímpica de judo, había insistido en que aprendiera a defenderse sola.
Diez años de entrenamiento intensivo la habían transformado en una luchadora formidable, con reflejos rápidos como el rayo y un cinturón negro en taekwondo.
Podía derribar a oponentes que la doblaban en tamaño sin siquiera sudar.

Pero Elena nunca alardeaba de esto.
Sus padres siempre le habían enseñado que la lucha era solo para defensa propia, nunca para presumir.
“La verdadera fuerza está en saber cuándo no luchar”, le decía su madre.
Además, ser perpetuamente la chica nueva significaba que siempre estaba intentando pasar desapercibida, no destacar.
El Instituto San Rafael era un imponente edificio de ladrillo en las afueras de la ciudad, con casi 3,000 estudiantes divididos en claros estratos sociales.
Elena llevaba allí exactamente tres semanas y ya había identificado las zonas de peligro:
el pasillo trasero cerca del gimnasio,
la zona de fumadores detrás de la cafetería
y la escalera oeste, donde los autoproclamados reyes del instituto ejercían su dominio.
Esos reyes estaban liderados por Marco Herrera, un estudiante de último curso con el pelo perfectamente estilizado, ropa cara y una sonrisa burlona que los profesores parecían no notar nunca.
Sus principales secuaces eran Javier Romero, un defensa del equipo de rugby con más músculo que cerebro,
y Gabriel Ortiz, un chico larguirucho con ojos fríos que parecía sentir un placer genuino en la incomodidad ajena.
Se movían por el instituto como si fueran sus dueños —y en muchos aspectos, lo eran.
Elena había escuchado rumores sobre ellos incluso antes de abrir su taquilla el primer día.
—Mantente alejada de Marco y su pandilla —le había advertido una chica amable llamada Lucía—.
Eligen a alguien nuevo cada semestre. El año pasado obligaron a un novato a cambiarse de escuela.
Durante las primeras tres semanas, Elena había logrado evitar llamar su atención.
Tomaba rutas alternativas entre clases, comía en la biblioteca y se hacía lo más olvidable posible.
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