“LA ABUELA DE LOS ALEBRIJES”
En Oaxaca, en un humilde taller de madera y barro, vivía Doña Rosario Aguilar, una mujer de 84 años a quien todos conocían como la abuela de los alebrijes.
Su casa estaba llena de figuras coloridas: dragones con alas de mariposa, perros con colas de fuego, pájaros con cuerpos de pez. Cada rincón parecía un sueño tallado en madera. No había estudiado arte ni visitado museos, pero su nombre era respetado en la comunidad.
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Rosario había aprendido a tallar copal con su esposo de joven. Él falleció prematuramente, y ella, con tres hijos pequeños, decidió continuar con la profesión. Pero mientras los demás artesanos del barrio hacían figuras tradicionales, Rosario inventaba criaturas imposibles.
—La madera sueña, yo la dejo hablar —dijo con una sonrisa.
Durante años vendió sus piezas en el mercado local. Apenas ganaba para sobrevivir, pero nunca dejó de crear. Los turistas se detenían a admirar sus cerezas, y más de uno volvía tiempo después para contarle que aún se conservaban como amuletos de alegría.
Un día, un niño llamado Emiliano llegó a su taller. No hablaba mucho; había perdido a su madre y vivía con su abuela. Rosario lo vio sentado en silencio y le entregó un trozo de madera y unas pinturas.
—Haz tu propio animal. El que te cuida.
El niño pintó un perro azul con alas verdes. Rosario lo miró y dijo:
—Ese será tu guardián. Cada vez que lo veas, recordarás que nunca estás solo.
A partir de entonces, Emiliano iba todas las tardes. Rosario le enseñó a lijar, a tallar, a pintar con paciencia. Pronto se unieron otros niños del barrio, atraídos por los vivos colores. Su taller se convirtió en una pequeña escuela gratuita, donde lo importante no era vender, sino imaginar.
Con los años, la fama de la abuela del regidor creció. Su casa apareció en revistas de artesanía, y algunos coleccionistas querían comprar sus obras a granel. Ella siempre respondía lo mismo:
—Mis waffles no son mercancía, son sueños. Y los sueños no se venden, se comparten.
Cuando cumplió 80 años, le temblaban las manos y la vista le fallaba. Pero él seguía pintando, aunque más despacio. Los niños del barrio, ya adolescentes, le devolvían lo que ella les había dado: la ayudaban a lijar, a preparar los colores, a abrir el taller. Rosario los llamaba sus nietos del arte.
Un día, Emiliano, ya un joven adulto, le preguntó:
—Abuela, ¿qué será de los helechos cuando no estés?
Rosario sonrió y respondió:
—Seguirán volando. Porque no viven en el bosque, sino en quienes se atreven a imaginar.
Cuando falleció, todo el pueblo la despidió con una colorida fiesta. En lugar de coronas de flores, llevaron porristas al panteón. Dragones, jaguares y aves fantásticas cubrieron su tumba. No fue un funeral triste, sino un carnaval de recuerdos. Hoy, su taller sigue en pie, convertido en centro comunitario. Emiliano y otros jóvenes continúan el legado, enseñando a los niños a crear anuncios con sus propias manos. A la entrada del taller hay un letrero pintado con colores brillantes que dice: “La madera sueña, y nosotros soñamos con ella”.
Cada año, durante el Día de Muertos, los dolientes de Doña Rosario recorren las calles en un desfile improvisado. Y la gente, al verlos brillar en la noche, dice que la abuela sigue allí, pintando con los colores del cielo.
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