El ranchero seguía virgen a los 40, hasta que una joven apache pidió refugio una noche de tormen

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El ranchero seguía virgen a los 40, hasta que una joven apache pidió refugio una noche de tormenta

El alambre volvió a zumbar. Ese sonido metálico, que cortaba el aire como una hoja delgada, viajaba por la cerca cada vez que el viento apretaba. Aquella mañana, cortaba el aire con un sonido seco, como un presagio. Bren Ashmur estaba agachado sobre la tierra rojiza con una rodilla hundida en el suelo seco, forzando una púa de alambre con las pinzas, cuando sintió que el viento tomaba otra dimensión.

A lo lejos, el molino de la hacienda giraba lentamente, con un gemido cansado, mientras sus aspas se movían de manera perezosa bajo el calor del día. Las nubes comenzaron a levantarse por el horizonte, oscuras como piedra mojada, pesadas sobre la loma baja. Un solo tramo flojo de alambre podía costar la pierna de un animal o el trabajo de todo un mes. En esos rumbos, un descuido costaba más que un simple error.

Bren lo sabía. Lo había aprendido a base de años de esfuerzo y frustración. Si algo se rompía, se arreglaba inmediatamente. Si no, cobraba su precio tarde o temprano. Pero esa mañana había algo diferente en el aire. Una sensación extraña que lo mantenía alerta. La tierra misma parecía esperar algo. El olor de la lluvia se empujaba contra el mesquite seco. La piel de Bren se tensó sin motivo, un instinto ancestral que lo mantenía vivo en el campo. Era un hombre que había aprendido a escuchar, no solo con los oídos, sino con todo su ser.

Se levantó, limpiándose las manos en el pantalón gastado. Miró al sur, donde el horizonte ya se teñía de morado. Relámpagos débiles se encendían como luciérnagas atrapadas. La tormenta no pedía permiso, venía con la fuerza del viento que ya se sentía como un latigazo en el rostro. Bren se inclinó para recoger la rienda de Dumbar, su caballo, y en ese momento, el crujido del cuero de una montura rompió el silencio.

El sheriff William Harlan se acercaba montado en su alzán, cubierto de polvo. Se detuvo junto a la cerca, sin perder tiempo en cortesías.

—Las tormentas vienen subiendo desde la planicie —dijo, mirando el cielo—. Para el anochecer pueden ponerse bravas.

Bren asintió. El viento era el primer indicio de lo que venía. No hacía falta mucho más para saber que la tormenta estaba cerca.

—Se alcanza a sentir —respondió, sin apartar la vista de las nubes. Pero su mente ya se había adelantado al futuro cercano, a la sensación de algo que se avecinaba, aunque no lo entendiera del todo.

La mirada de Harlan se quedó fija en él, evaluando algo que Bren no pudo leer. El sheriff se inclinó un poco más sobre su caballo, como si fuera a contarle algo importante.

—Corre el rumor de que una muchacha anda caminando sola por el camino de carga. Tal vez pasó por aquí.

Bren frunció el ceño. En esos lugares, la gente podía caminar sola por días y aún así no encontrarse con nadie. La soledad del desierto era tan vasta como el cielo mismo.

—Por estos lados son muchas millas de puro sol y cascabeles —dijo, mirando hacia el horizonte—. Nadie estaría tan loco como para caminar por aquí, menos en medio de una tormenta.

—Por eso mismo —dijo Harlan, acomodándose mejor en su silla de montar—. Si es cierto, estará en problemas antes de llegar a Fort Davis. Mantén los ojos abiertos, Ashmur.

El sheriff dio media vuelta y se marchó, el polvo levantado por el caballo se quedaba suspendido en el aire por un momento antes de caer nuevamente sobre la tierra seca. Bren volvió a la cerca, aunque ahora el alambre pesado pesaba más en sus manos. Un joven forastero, una tormenta acercándose y un sheriff con cara de saber más de lo que decía. No era asunto suyo, pero la idea seguía raspándole la cabeza como una piedra en el zapato. Algo iba a pasar, y él lo sentía en las entrañas.

A media mañana, con el sol que se derramaba sobre la tierra como si fuera aceite caliente, Bren vio un silbido conocido acercándose desde el arroyo. Levantó la vista y vio a Jay Morren, el viejo amigo de la infancia, avanzar lentamente cubierto de polvo. El sombrero ladeado sobre la cabeza y la sonrisa torcida que siempre lo caracterizaba. Jay había sido uno de esos hombres que se movían con una calma que podía engañar a cualquiera, pero que siempre tenían algo bajo la manga. Había llegado como siempre, sin prisa, pero con una tensión apenas visible.

—Todavía peleando con el alambre, ¿eh? —dijo Jay, bajando del caballo con calma. Se sacudió el abrigo y echó un vistazo a la cerca.

—No es lo mío rendirme —respondió Bren, con una media sonrisa.

Jay lo miró de reojo, sabiendo que eso era solo una fachada.

—La tormenta viene fuerte —comentó, mirando hacia el horizonte—. Pensé que te serviría otra mano. Y tal vez alguna duda que quieras vigilar.

Bren se apoyó en el poste, mirando el cielo, que se oscurecía rápidamente.

—El sheriff ya me habló de la muchacha —dijo, y Jay asintió, dejando caer su mirada sobre el suelo. La preocupación no era una emoción que Bren conociera bien, pero esa mañana, algo en el aire le decía que esta vez estaba bien fundado. Algo no estaba bien.

—Entonces sabes que no es cuento —respondió Jay con seriedad, dejando la burla atrás—. La vi ayer cerca del cruce viejo de la diligencia. Caminaba como si llevara días sin parar. No va a aguantar esa tormenta, Bren.

Las palabras de Jay fueron como un peso sobre los hombros de Bren. El viento ya se sentía más fuerte, como si la tormenta estuviera a punto de estallar.