La Creían “Incapaz de Tener Hijos”…El Coronel la Entregó al Esclavo…9 Meses Después Vio lo Imposible
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La Creían “Incapaz de Tener Hijos”… El Coronel la Entregó al Esclavo… 9 Meses Después Vio lo Imposible
El grito del coronel retumbó por los muros de piedra de la hacienda San Miguel de las Cruces como un trueno que anuncia tormenta.
—¡7 años, Inés, siete malditos años y tu vientre sigue vacío como el desierto de Sonora! —La voz de Rodrigo Valdemoro atravesó la puerta de caoba hasta el patio, donde los esclavos fingían no escuchar, donde las sirvientas bajaban la cabeza y apretaban el paso.
Inés Monroy de Valdemoro permaneció de pie frente a su esposo con las manos entrelazadas sobre el vientre, que tantas veces había sido motivo de escándalo, humillación y vergüenza. A sus 31 años, ya no era la joven radiante de ojos brillantes que había llegado desde Puebla para casarse con el oficial más condecorado de Nueva España. Ahora, sus ojos reflejaban la desesperación de quien ha visitado a todos los médicos desde Veracruz hasta la Ciudad de México, de quien ha rezado en cada iglesia desde Querétaro hasta Guadalajara, de quien ha bebido cada brevaje amargo que las curanderas nahuas le ofrecían en secreto, mezclando hierbas prohibidas con oraciones cristianas.
Rodrigo, con las manos temblorosas por la furia contenida, sirvió otro vaso de mezcal, mirando a Inés como si fuera una desconocida.
—Los doctores han sido claros como el agua de manantial —dijo, y su voz se hizo más baja, pero mucho más amarga—. Tu matriz está dañada. Eres estéril, una mujer incompleta.

Inés apretó los dientes y sostuvo su mirada. Sabía lo que venía. La humillación constante, las preguntas de la familia y la sociedad, los susurros a sus espaldas. Se había casado con un hombre cuyo linaje se remontaba a los conquistadores que vinieron con Cortés, y cuya dignidad y honor dependían de que su esposa pudiera darle un heredero varón. Pero el destino no había sido amable con ella.
—Mi linaje, que se remonta a los conquistadores que vinieron con Cortés, terminará conmigo por tu culpa —escupió Rodrigo, como si las palabras fueran veneno.
Era el año 1752 y en la sociedad colonial mexicana, donde las apariencias lo eran todo y el honor familiar se medía en herederos varones, una mujer sin hijos no era más que un fracaso ambulante. Inés, que provenía de una familia de buena posición, entendía perfectamente el peso de esa vergüenza. En ese contexto, su matrimonio con Rodrigo Valdemoro, un coronel dueño de miles de hectáreas de tierras fértiles, debería haber sido una unión exitosa. Sin embargo, el vacío en su vientre había puesto en riesgo su lugar en la sociedad.
Inés sintió como las lágrimas amenazaban con brotar, pero se contuvo con todas sus fuerzas. Había aprendido en estos 7 años de matrimonio que mostrar debilidad solo empeoraba las cosas. Recordó su boda en la catedral de Puebla con 300 invitados, vestida con encaje importado de España, creyendo que se casaba con un héroe. Rodrigo había sido apuesto entonces, con su uniforme militar impecable y sus medallas brillando bajo las velas. Pero el hombre con el que había soñado pasó a ser reemplazado por un ser frío, impaciente y cruel.
Esa noche, mientras Inés lloraba en su habitación, con la cara enterrada en almohadas de seda que no podían absorber todo su dolor, el coronel Valdemoro convocó a su capataz, Fulgencio. Era un mulato de 45 años que había servido a la familia durante dos décadas, un hombre que conocía cada rincón de la hacienda y cada secreto incómodo.
—Necesito hablar con Coffee —dijo Rodrigo, refiriéndose al esclavo africano que había comprado años atrás en el puerto de Acapulco por una suma considerable.
—Tráelo a mi estudio cuando el sol se haya puesto completamente y asegúrate de que nadie te vea —ordenó.
Coffee, a diferencia de los demás esclavos de la hacienda, era diferente. Alto, de piel oscura como el ébano pulido, con cicatrices tribales en los pómulos que contaban historias de una tierra lejana que jamás volvería a ver, Coffee tenía algo de magia en su mirada. Los demás esclavos, la mayoría nacidos en México, le temían y respetaban a partes iguales. Decían que su sangre era especial, que podía comunicarse con los espíritus y que sus ancestros habían sido reyes en África antes de que los portugueses arrasaran su aldea. Pero lo que nadie sabía era que, a pesar de su fortaleza, Coffee sentía una carga en su corazón que le pesaba cada día más.
Cuando llegó a la oficina del coronel, ya pasada la medianoche, supo instintivamente que algo terrible estaba por suceder. Había sobrevivido a la travesía infernal del Atlántico, donde la mitad de los cautivos murieron de disentería. Había sobrevivido al mercado de esclavos de Acapulco, donde los hombres blancos inspeccionaban su cuerpo como si fuera ganado. Había sobrevivido a 5 años de trabajo brutal bajo el sol implacable de Querétaro. Pero nada, absolutamente nada, lo había preparado para lo que Rodrigo Valdemoro tenía planeado.
—Mi esposa es estéril —comenzó el coronel sin preámbulos, caminando alrededor de Coffee como un cazador, evaluando a su presa, el olor a alcohol emanando de cada poro. —Los mejores médicos de la Ciudad de México lo han confirmado. Su matriz está dañada, dicen. Nunca podrá concebir, pero yo necesito un heredero. ¿Entiendes?
Coffee, como siempre, permaneció en silencio, sintiendo el peso de las palabras, aunque él mismo nunca había sido una víctima en la mente de Rodrigo, sino solo un medio para un fin.
—Sin heredero —continuó Rodrigo—, todo lo que he construido, todo lo que mi familia ha acumulado, se perderá.
Era una amenaza disfrazada de desesperación, una amenaza que Coffee entendió perfectamente.
—Tú la dejarás embarazada —sentenció el coronel. Y las palabras cayeron sobre Coffee como una condena.