TORTURÓ AL VETERANO DE 75 AÑOS UN MARTES… EL VIERNES, VILLA FORMÓ 50 RIFLE
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Torturó al Veterano de 75 Años Un Martes… El Viernes, Villa Formó 50 Rifles
El cuero del látigo Silva en el aire caliente de Durango era mediodía del 17 de marzo de 1916, y la plaza del mercado hervía bajo el sol implacable. 200 personas estaban ahí, obligadas a presenciar lo que el coronel Salazar llamaba “lección de obediencia”. En el centro de la plaza, amarrado al poste de madera donde antes colgaban las campanas de la iglesia vieja, estaba don Ireneo Solís, un hombre de 75 años, veterano de la guerra contra los franceses, que había luchado al lado de Juárez defendiendo la soberanía de México.
Su espalda, ahora desnuda bajo el sol implacable, llevaba las cicatrices de batallas pasadas, pero esta vez, las cicatrices no venían de un campo de batalla, sino de la cobardía disfrazada de autoridad. El coronel Salazar, un hombre de 38 años con una barriga prominente, disfrutaba el espectáculo mientras caminaba alrededor de él como un buitre, vestido con un uniforme impecable, botones dorados que reflejaban el sol, un sable que nunca había visto combate real colgado de su cinturón. Salazar había ascendido a coronel no por valentía, sino por lamer las botas correctas. Su lealtad no era a México, sino a los descendientes de los españoles que mantenían Durango como un feudo personal.

Don Ireneo cometió el crimen imperdonable: se negó a quitarse el sombrero cuando pasó frente a la bandera española que Salazar había ordenado colgar en la plaza, como una burla hacia cada mexicano que había derramado sangre para que México fuera libre. Don Ireneo vio la bandera, escupió al suelo y siguió caminando con su sombrero puesto y la frente en alto. Un soldado lo detuvo.
Salazar, enfurecido, gritó: “¡50 latigazos a este viejo sinvergüenza!” Al principio, don Ireneo no gritó. Cuando el látigo cayó por primera vez, no emitió ni un sonido. El segundo latigazo estalló en su piel, y aún así, no reaccionó. El tercer latigazo rasgó su espalda, arrancando sangre, pero aún así, el anciano apretó los dientes y no dijo una palabra. La multitud de Durango miraba impotente, obligada a presenciar la humillación pública de un hombre que había defendido la dignidad mexicana con su vida.
Pero en el norte de México, donde el viento corre más rápido que el telégrafo, alguien escuchaba. Alguien cuyo sentido de justicia no venía de uniformes comprados ni de títulos heredados. Esa persona era Francisco Villa, el “Centauro del Norte”, y cuando se enterara de lo sucedido, Salazar aprendería que, en México, aún existían hombres de honor.
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